lunes, 14 de mayo de 2018

EL LEGADO QUE NOS COBIJA

EL LEGADO QUE NOS COBIJA
Por: Carlos J. Gutiérrez.

Nosotros nos constituimos como los últimos herederos de un largo linaje de sangre, de lengua y de cultura. Nos dijeron cuando pequeños que aprendiéramos el oficio de papa o nos corregían las faltas diciendo que así no se comportaba la familia, que no parece hijo de su mama o que el apellido le quedo grande. Pareciera que con estas frases nos pusieran una cruz a cuestas con el fin de que en el momento en el que damos nuestros primeros pasos iniciáramos un viacrucis por mantener el orgullo de la familia. Pero, ¿Qué pasa con nuestro crecimiento individual? Al parecer no es más que una ilusión escondida entre capas y capas de influencias culturales, sociales y familiares que terminan construyendo nuestro legado inmortal que después de muertos aún nos persigue.

En este caso la comparación de la cebolla, confieso que fue impulsiva, es valida para el tema a tratar. Imagine que cada una de las capas que nos encierran son un constructo que a medida que pasa el tiempo nos hereda un legado, esto implica que entre más crecemos mas capas se van agregando, lo que implica que entre más capas, mas oculta nuestra individualidad. Hay tres capas que son las más fuertes o las que mejor crecen. La primera es la capa de los amigos, cada vez que vamos a un lugar, nos relacionamos con personas a las cuales definimos por los gustos comunes o por las sensaciones agradables que sentimos por ellos. De ahí que las personas al convertirse en elementos influyentes en nuestra vida nos trasforman dejándonos parte de su vida de una manera muy particular.

Un ejemplo muy concreto de lo anterior son los amigos que conseguimos en el colegio, los que apreciamos como hermanos volviéndolos confidentes de alegrías o tristezas, ellos que con el “mal consejo” nos impulsaron a cometer los actos que impactaron en nuestra vida. También están los del trabajo, quienes ya maduros, influyen en el desorden de nuestras vidas, volviéndolas un poco más alegra, olvidando las penas que día a día nos aquejan. Pero no podemos dejar de nombrar a aquellos que son casi familia, a esos que al llegar a la casa abren la nevera y saludan a la familia como si fuera la suya, ese al que consideramos como un hermano, ese que nos esconde cualquier secreto, ese que esperamos esté para siempre. A pesar de lo anterior, son las capas más frágiles, las que primero se pudren, las que primero se caen o las que presentan un recuerdo lejano en muchos casos.

En contraste a los anteriores, tenemos a los que nos dieron problemas, los que nos quisieron ver derrotados. Porque ellos también son capas, son el legado extraño, el legado negro que oculto nos quiso hundir en la peor pesadilla, esa capa esta en el medio, ni es la más fuerte pero tampoco es la más frágil. Por último, las capas más cercanas son las de la familia, esas que según Paul Bourdieu nos heredó el más grade capital cultural que como seres humanos podemos tener. Y no digo grande por la acumulación sino también por la ausencia. Pues, si nuestra familia no presenta un mayor interés en su desarrollo cultural, heredaremos una fuerte carga de ignorancia en muchos aspectos de la vida.

De ahí que esa capa sea la más fuerte, la más aferrada, la que se niega a desaparecer, la que es imposible retirar por estar pegada a nuestra raíz como legado eterno e inamovible. De todos ellos en algún momento quisiéramos huir, Pero al final de todo, querámoslo o no, esas capas son el legado que tanto nos influye; del cual, sin prisa, al final, cuando seamos una robusta cebolla pretendemos afirmar que solo está en el pasado, cuando este mismo se presenta como fantasma, no para asustarnos al ignorar su ausencia sino para recordarnos que ahí está, que jamás nos va a abandonar.

domingo, 29 de abril de 2018

YO MIDO, TU MIDES, TODOS MEDIMOS


YO MIDO, TU MIDES, TODOS MEDIMOS
Por: Carlos J. Gutiérrez.

Hay una caricatura en Internet en la cual, un clérigo con túnica y solideo le dice a un sociólogo de bufanda gafas y barba con un periódico bajo el brazo que vivimos en una sociedad relativista. Este, con sus ojos cerrados le responde que depende del crisol con que se mire. Pero al final, ¿cuál de los dos está en lo cierto? Hacerle caso al cura es afirmar a una sociedad decadente que ve muy cerca su fin desde el cual pierde todo interés en diferenciar los actos validos de los inválidos, pero si le hacemos caso al otro, nos ilusionaríamos con entender al mundo desde diferentes perspectivas, por tal motivo, nos daríamos cuenta que el sacerdote enuncia su frase porque nadie es ya un buen cristiano. Todo lo anterior no deja más que el planteamiento de la siguiente afirmación. Todos nos medimos sacando una verdad de un hecho pero en la medida no tomamos en cuenta lo que vemos, por tal motivo, lo que medimos lo medimos mal.

Nos podemos dar cuenta en todo aquello que hacemos. Individualistas como somos, el mundo se ha convertido en un monstruo que transformamos a imagen y semejanza nuestra: las montañas se volvieron rascacielos, los campos se volvieron carretera, los ríos se llenaron de barcos y los animales se volvieron trofeos. Ya no miramos a la naturaleza desde su belleza sino la medimos desde su utilidad, lo que implica, como afirma Margaret Meed, que llegaremos al punto en donde no seremos sociedad porque no tendremos un medio ambiente, pero aún así preferimos vivir en esa oscuridad.

Ahí, de esa forma tan general es donde encontramos el fallo más grande o al menos el primero de los fallos. Pero, ¿dónde más somos ciegos en nuestra medida? Ejemplos nos sobran. Si nos encontramos en una estación de Transmilenio, medimos la importancia de llegar pero no vemos la necesidad de mantener el orden en la fila mientras que los que van a salir lo hagan. Si nos encontramos en la toma de una decisión para resolver un conflicto, medimos la necesidad de votar, la verdad de este, la validez de lograrlo o las mentiras que escribieron; pero no vemos la importancia de acabar con aquello nos afecta. También es ejemplificativo el hecho de que en un partido de futbol dos barras bravas fuera del estadio se enfrenten para terminar midiendo la vida del otro sin ver que simplemente era un partido, que ganar o perder no da más ni da menos. En fin, el refrán con la vara que midas serás medido se hace real no por el verbo en sí mismo, sino por lo ciegos que andamos.

Debemos tener en cuenta que detrás de toda verdad hay una negación. Desde el comienzo de la historia nos hemos vanagloriado de nuestros logros, pero ya alguna vez un cínico preguntaba con su lámpara si había algún hombre en toda la plaza pública. Hoy en día no hacemos eso, ya no lo hacemos porque en la oscuridad nos preguntamos por la lámpara que nos ilumina, pues la hemos perdido, medimos a ciegas haciendo cálculos erróneos con los cuales construimos nuestro edificio civilizado. Al final de todo, cuál es la pregunta que debemos hacer además de la respuesta que debemos esperar para ver el metro con el que estamos midiendo al mundo. No sabremos si ver el metro lo solucione, lo que si sabremos es que parar en las medidas erróneas podría ser la mejor de formas en que podemos empezar a cambiar nuestro triste y decadente destino.


martes, 27 de marzo de 2018

UN DESASTRE NATURAL

UN DESASTRE NATURAL
Por: Carlos J. Gutiérrez.

Cuándo se comenzó con el desastre natural del espíritu humano. Es un pregunta profunda, extensa, filosófica, laberíntica incluso, tanto, que se presenta la necesidad de pedir ayuda a Ariadna para que nos guie por los enrevesados caminos que podemos encontrarnos en la búsqueda por la respuesta a esta pregunta. Pero incluso, el hilo que ella nos lance o nos ate no es suficiente, no lo es por el simple hecho de que cada vez que queramos dar con la respuesta el mundo hedonista se nos planta al frente al punto de hacernos desear no continuar con nuestro camino, pararnos en el primer espacio cómodo que, lleno de mentiras, nos cautiva como buenos infantes inocentes que no responden de forma crítica a su espejo de ilusión.

Porque todo eso puede pasar. Si la respuesta a esa pregunta no la hemos encontrado no ha sido por pereza, no, no ha sido porque desconozcamos los caminos que debemos recorrer, no, no ha sido porque nuestra ignorante torpeza nos impida ver más allá de lo obvio, no. La respuesta tal vez podemos saber dónde encontrarla, incluso podemos desistir de utilizar el hilo divino para hallarla; pero el problema es que cuando vemos que la respuesta está muy atrás en nuestro pasado, empezamos a desviarnos del camino gritando con desalmado engaño que todo fue una trama divina, una mácula incurable que solo será solucionada por los dioses. Por ende, cuando preguntamos por el origen de nuestros males, como un grupo de coreutas, alzamos nuestra voz lastimera para que el rayo caiga sentenciando: “Deus ex machina”.

El desastre natural del espíritu viene de un pasado que continua en el presente. Viene de una sucesión de eventos desafortunados, fortuitos e incluso malévolos que revientan de la risa como un bromista cuando ve que su amigo ha caído en la trampa. Viene también de esos actos sinceramente arrogantes que hacemos para demostrar nuestra superioridad, nuestro sobrevalor o nuestra capacidad de ser mejores que los demás. Aquél desastre es la suma de todo lo anterior, pero en ninguno de los casos es un golpe divino merecido en las proporciones dadas desde lo alto. No lo es por el simple hecho de que así como la primera falta, la primera muerte, la primera ley, el primer templo, el primer sacrificio, el rey original, la primera corona, la primera masacre son acciones netamente humanas.

Al ser así no podemos buscar fuera de nosotros el origen. Así que, cuando nos damos cuenta que el espejo de los deseos insatisfechos nos refleja nuestra verdad, cerramos los ojos, pensamos en el horror que hemos hecho para simplemente tomar la decisión de alejar ese cáliz pidiendo que algo nos salve, nos libere; luego de estas palabras, nuestro deseo actúa para transformarnos al mundo que deseamos, al mundo en donde placenteros olvidamos que los causantes de los mayores males somos nosotros mismos. Así que, al final de todo, de la vida, del tiempo, el hombre que se ha hecho miles de preguntas sobre el porqué su mundo es así, termina, corriendo aterrado a refugiarse bajo la capa del placer con el fin de olvidar que descubrió su mayor culpa.

domingo, 11 de febrero de 2018

TRES DE LOS PEORES DEFECTOS

TRES DE LOS PEORES DEFECTOS

Por: Carlos J. Gutiérrez.

El deseo, la insatisfacción y la impotencia son tres monstruos que andan de la mano. Son los dioses vengadores del siglo XXI y del anterior; atormentan a los hombres a partir de la venta de productos que jamás poseerán una importancia vital. Hay que tener en cuenta que así es el mundo de hoy en día, llevado por lo inmediato, por lo instantáneo o porque lo que tiene poco valor en la trascendencia. Aun así, todo eso para nosotros es una tendencia. Por eso, al ver que todo el mundo lo ve, lo adora y lo admira, nosotros como arrogantes demonios lo deseamos al punto de querer obtenerlo.

Deseando lo que no tenemos es lo que nos ha hecho cometer los más grandes errores en la historia de la humanidad. Desde la muerte de Abel, pasando por David, las mujeres que estuvieron en el tribunal de Salomón, Salomé, el mito de lucifer, Pandora, Agamenón y todo mito que en algún momento nos haya mostrado que el ser humano cae bajo el sino trágico del deseo no satisfecho. No sé en realidad que pasa por nuestro cerebro cuando vemos algo que nos hace desearlo inmediatamente. No lo sé, pero es tan fuerte, es tan impresionante la potencia que tiene que nos lleva a pensar todos los días en aquello y sin darnos cuenta, empezamos a caminar por la cuerda floja de la locura.

Si lo pensamos bien, los objetos son planos. En su esencia son insignificantes, en su particularidad no tienen ningún valor. Ni siquiera monetario, ya que el mismo dinero es un papel al que le dimos valor pero que en el fondo no existe. No obstante el mayor de los problemas con relación de los objetos es su uso, el tener que usarlos, así sea por un momento. Siempre que alguien usa un celular, un computador, una máquina, un traje o cualquier objeto que nosotros mismos, jalados por sus usos queremos utilizar; el deseo se presenta como perro hambriento para llenarnos las cabeza de millones de imágenes donde como un espejo milagroso nos vemos usando el objeto que no tenemos. Ahí es cuando nos damos cuenta que deseamos aquello que no poseemos.

Al no poseer, al no lograr obtener lo que deseamos, surge la insatisfacción. Amargados o melancólicos como el cuadro de Durero, miramos a lo lejos el objeto deseado, la amargura llena nuestro propio instinto de cazador, lo que por lógica locura nos hace imaginar no solo utilizar el objeto sino las formas o las mejores condiciones en las que se puede obtener. Pero cómo sucede esto, cómo sucede el hecho de no tener lo que se desea, cómo calmar las ansias de tener frente a mí, mirarlo, sentirlo, obtener su aroma o su sabor. No lo sabemos hasta después de que nos presentemos ante la famosa frase Rotterdam “Entre dos males, siempre el menor” ¿Cuál es el menor de mis males? ¿Tomar por cualquier forma el objeto deseado o dejar a un lado la tentación y no satisfacer mi deseo?

Si escogiste la primera de las opciones te conviertes en el peor de los males sociales, te conviertes en una mente criminal que desea lo cercano y después desea lo que paso a paso se le va poniendo en el camino. Así como Buffalo Bill en “el silencio de los corderos”, así como el mismo Hannibal deseando a Clarice, así como el mismo Garavito, como Uribe Noguera, o como los políticos o los partidos que en sus ansias de poder y dinero se corrompen, se degeneran al punto de cometen los crímenes para después negarlos o comentar que “sucedió a sus espaldas”. Quienes escogen la segunda opción entran en el estado de insatisfacción insana en la cual, lo único que les toca esperar es el consuelo de que algún día, por alguna razón, el deseo desaparecerá.


Al fin de todo, descubrimos que nuestra mayor capacidad, la mayor que poseen los que son capaces de soportar su insatisfacción es conocer su propia impotencia. Logran saber con hermética confianza que a pesar de desear el mundo, no tienen los medios o no es el momento para tenerlo. Así viven su vida llena de recuerdo de lo que se quiso hacer, de lo que se pudo hacer, de lo que no se logró. Pero también son capaces de comprender, que si los objetos no se obtienen es por la simple unificación de las circunstancias que nos rodean. Por tal motivo, el mundo logra permanecer un poco en paz, y son pocos los que terminan caminando por la cuerda floja de obtener a cualquier precio su objeto deseado, y esa lucha por obtenerlo, algún día, en algún momento o en algún lugar los llevará a pagar por sus crímenes.  

martes, 16 de enero de 2018

TITIVILLUS O EL MAL QUE SE CONTAGIA

TITIVILLUS O EL MAL QUE SE CONTAGIA

Por: Carlos J. Gutiérrez.

Hubo, según cuentan los libros, un tiempo en el que todo mal del hombre era adjudicado a un demonio. La pereza, la codicia, la envidia, la arrogancia, la mentira, el robo y el crimen eran justificados en la medida que se encontraba poseso el implicado al momento de realizar el acto. Y si existía un demonio para todo eso, obviamente lo iba a existir para la mala redacción, la mala ortografía y la incoherencia. Es obvio que exista, pues, en esa época, los únicos que escribían eran el  clero y la clase acomodada, así que necesitaban una justificación para sus faltas. Al parecer hoy en día este pequeño espíritu burlón denominado Titivillus sigue existiendo entre esa clase acomodada.

Tal vez se haya extendido más allá de Europa asentándose, al parecer, en nuestra querida Colombia, teniendo claro está, una sucursal en la Casa Blanca y en el palacio de Miraflores. Cómo mas se explicaría lo que está sucediendo hoy en día con esos políticos que son a su vez una forma de clero y de clase acomodada. No se puede explicar de otra forma, sufren una posesión inminente cuando se encuentran frente a twitter o Facebook desde las cuales, como pergaminos postmodernos, firma en piedra sus comentarios engañosos, venenosos y llenos de falacias. Imaginémonos por un momento la posesión de un político, sería algo así: Oh! Titivillus que has sabidos realizar un trabajo a las mil maravillas, ven a mí, apiádate de mi alma, entra como quien es un invitado a la casa de la memoria, entra como un rey y toma poder sobre estas manos twitteras ansiosas de malas palabras.

Imaginemos a los pobres políticos, dormidos, débiles, sin la capacidad de reaccionar rápidamente sentir como ese espíritu que desde el techo los mira, va bajando poco a poco para entrar en el cuerpo y al momento de despertar, este pobre ser, tenga la capacidad de escribir: “la tal masacre de las bananeras no existe”, el tal paro campesino no existe”, “los jóvenes de Soacha eran criminales” o “nos volveremos castro-chavistas”. Todo esto bajo el influjo de Titivillus que sonriente dirige la mano de los incautos para que jueguen con las palabras como jugando con los desechos de un perro: “El derecho no tiene que ver nada con la ética”.

Como vemos, hoy en día no solo es el error ortográfico, sino el semántico el que está perpetuando el error, incluso en su fase pragmática Titivillus empezó a ejercer poderosa influencia, pues, ya no solo ataca la escritura, también empezó a atacar el habla, ya que, lo que se dice también contiene un error. Si no es convincente la información, recordemos que hace poco desde la casa blanca el pequeño demonio le hizo decir a Trump que muchos países somos o son “un país de mierda”. En este mundo de grandes tecnologías la palabra vuelve a adquirir el poder que tenía en la antiguedad, tal vez sea necesario empezar a recalcar esto, repetir una y otra vez el error cometido por el político para que adquiera consciencia y despierte a los que, dormidos, este año van a votar.

No sabemos realmente porque los políticos, piensan, dicen y escriben lo que escriben, no hay explicación científica sobre sus actos. No hay ni siquiera una explicación moralmente correcta para determinar si sufren de alguna posesión que los hace imbéciles o si simplemente en su afán de calar en la mente de los votantes y jugando a la provocación gustan de decir las barbaridades que dicen. En el fondo, deberíamos de sentarnos a rezar por el alma del pobre político que dormido como permanece queda débil ante la influencia de tal demonio, recemos señoras y señores, recemos.


Aunque no deberíamos decirnos mentiras. Sabemos –porque lo sabemos y no queremos actuar- que no podemos echarle la culpa a una falsa posesión sobre las malas palabras que escriben y dicen los políticos. Sabemos que ellos lo hacen de la forma más consciente, sabemos que sus ojos están despiertos, sus manos muy atentas y sus sonrisa bien abierta. Sabemos, en conclusión, que incluso nosotros con nuestra desmemoria somos los causantes de la mala mirada con la que se llenan los discursos contemporáneos, pues ahora, por nuestra mala memoria, los políticos se han vuelto tan cínicos que no les importa gritar a los cuatro vientos sus enfermas incoherencias.

martes, 9 de enero de 2018

COLOMBIA O LA MEDIDA DE LA FELICIDAD

COLOMBIA O LA MEDIDA DE LA FELICIDAD

Por: Carlos J. Gutiérrez.

Cuando se hacen los informes sobre los países más dichosos del mundo –que no se entiende a que se debe eso, pues, no se comprende si implica que a partir del informe los gobiernos de los diferentes países deben generar propuestas para ver más sonrisas en sus ciudadanos- sabemos de sobra que Colombia ya ocupa un lugar privilegiado. Siempre aparece en primer o en segundo lugar como este año, comprendiendo así, que está generando unos altos estándares de calidad en la felicidad de sus ciudadanos. Nos hace pensar por un momento que la medida no es la felicidad en sí, sino mas bien, qué nivel de felicidad tienen los demás países con respecto a Colombia. Es eso, o la verdad el ser felices no nos da un verdadero reconocimiento.

Al parecer somos dichosos, dichosos como los cerdos en el fango, como un niño en una dulcería, como una religiosa en su iglesia. Pero, basta ver el titular con que se celebra tal acontecimiento para notar que no se entiende realmente si lo que dice es verdad. Nos vemos con la ilusión de la constante algarabía por los logros nacionales y personales, celebrándolos todos los días haciendo que olvidemos los males que nos aquejan. Así parece, pero también parece que somos dichosos por las noticias que vemos, lo que puede comprobar que nuestra dicha es directamente proporcional a la violencia, la corrupción, la politiquería, la mermelada, las mentiras o los desmanes que vemos a diario.

Todo esto, porque aquí todos sonreímos sin que nadie sea capaz de hacerlo mejor que nosotros. Nos gusta permanecer en los primeros lugares de esta fantasmal competencia, ser por fin, desde cualquier punto de vista, una potencia mundial en algo ¿En qué? Ni idea, pero lo somos. Si somos lo suficiente capaces para saber porque somos tan felices en el fango, tal vez nos podemos referir a factores que en el fondo y para la banalidad de esta sociedad, no son realmente importante. Uno de los factores, el más importante, es la desmemoria, la amnesia constante que como enfermedad crónica nos invade de las formas más creativas. Puede que este sea nuestro mejor mensaje para los competidores de todo el mundo, puede que con esto, podamos decir a los demás países que nos emulen y nos sigan.

Porqué no. Hagámoslo, seamos orgullosos de ser los más felices sin saber porqué realmente lo somos. Vendamos la pastilla de la amnesia que tanto sabemos degustar y gritemos a todo lado nuestra formula monumental. Señoras y señores, países de todo el mundo ¿quieren ser felices? Usted, que es de Alemania, quiere ser feliz, pues olvide que alguna vez peleó con el mundo dos veces y que en una de ella tuvo por gobernante al artista de brocha gorda que casi acaba con el mundo. Usted, japonés, olvide que le destruyeron dos ciudades con sendas bombas cuyas secuelas aún se conocen, ustedes rusos, chilenos y argentinos, olviden que tuvieron dictadores que borraron de la faz de la tierra y de la memoria a varios desaparecidos. Sonría con la pastilla querido venezolano, sonría olvidando que puso en el poder a un hombre que al morir dejo de reemplazo a un imitador que los lleva directo al abismo.


En fin, seamos felices mundo entero, porque al fin de cuentas la miseria del mundo se puede acabar. Para qué competir en algo en que todos deberíamos de ser expertos, nosotros, todos los años, lloramos de la felicidad al ver como la corrupción nos engaña en la cara. Sabe que se sale con la suya y no importa que se haga, no importa que se luche; porque ahí está, pintada como un viejo gordo, calvo, de gafas negras con traje, de corbata, quien con un periódico en la mano ríe a carcajadas mandándose hacia atrás con su silla de cuero; cayendo y riendo sin parar, dando vueltas y llorando de la dicha por guardarse lo que nadie podrá jamás palpar.

jueves, 4 de enero de 2018

UN TRISTE PARAÍSO SIN MEMORIA

UN TRISTE PARAÍSO SIN MEMORIA

Por: Carlos J. Gutiérrez.

Al parecer nuestra puerta del infierno decía la verdad. No nos ha pasado como a Dante que entrando vivo termino en el paraíso contemplando la divinidad al lado de su tres veces amada Beatriz. Y tal vez pasa esto porque nosotros no estamos vivos. Somos mas bien un pueblo muerto cuyas almas rotas, desgarradas, y hechas añicos por el desgaste del camino que dé lo largo, tortuoso y espinoso nos ha hecho perder la memoria de nuestro pasado. Somos almas amnésicas que sin saber por terminamos en este valle de lágrimas lo andamos tambaleándonos de un lado a otro, no como un péndulo con su vaivén medido, calculado y perfecto, sino aleatorio, yendo de aquí para allá pensando que hay hilos que desde arriba nos van llevando.

¿Pero eso debería ser así? ¿Debería ser así la vida?, como si no importara nada de lo que en realidad pasa, como si tuviera más conciencia un perro abandonado de su triste condición que nosotros jalados por una maquinaria antiquísima que nos ha convertido en verdaderos borregos de los cuales unos se dejan para crianza y otros para el matadero. Lo triste de todo esto es escribir lo que cientos de miles de personas están pensando y no hacer nada en lo absoluto. No se hace nada porque no lo hemos hecho, desde hace mucho, desde el momento en que perdimos la memoria y empezamos a creer que un tamal, una lechona, un baile, un partido, un paseo o un festivo nos mantienen la ilusión de la felicidad.

Si, la felicidad se ha convertido en nuestra droga, en nuestro edema, nuestro placebo con el cual creamos fantasías milenarias donde todo anda bien, donde los males le llegan a los otros. Porque así siempre lo hemos pensado. La guerra no está en Bogotá, la guerra está en otros pueblos alejados; la violencia y el sicariato son problemas de los paisas y los caleños; la corrupción solo es en la costa; la droga solo está en el Bronx, acabémoslo y acabamos el problema; la pobreza y el bandalismos solo están en la localidades periféricas; los políticos son los corruptos, ellos son los únicos que se roban la plata; la historia hay que revisarla al punto de acabar con los mitos macondianos que tanto han hecho daño. Y todo eso, mientras que no suceda en el patio de mi casa no me corresponde.

Y a pesar de saber todos esto, seguimos así. Seguimos como fantasmas apuntillados, ajusticiados por centauros amenazantes llenos de ira, ensordecidos por el canto de sirenas que bajo el agua esconde su veneno, amenazados por arpías que con sus garras llegan a lo más profundo del corazón apretándolo fuerte para hacernos decir que nada pasa, que todo está bien. Leer los periódicos es leer el infierno de la Divina Comedia, con todo y sus regentes. Seguimos regidos por un centauro milenario que hambriento e insaciable pide cada año su cuota de muertes violentas y cada cuatro años pide el sacrificio de una masa de votantes.


Vivir la viva aquí, a veces, sin olvidar lo hermoso que nos haya pasado, es nuestro mundo dantesco en el cual, o merecemos estar condenados por los mismo aportes que damos a sus regentes, apoyándolos, convirtiéndolos en sacerdotes de la nueva fe, validando sus mentiras y haciéndolas frases inolvidables o estamos condenados porque no sabemos cómo salir de este miserable laberinto. No lo sabemos, la mitad de nosotros señala que es lo primero, que lo merecemos por pura macula del pasado, la otra mitad señala que a pesar de querer pareciera que no podemos salir. Pero al final, sin un acuerdo, solo podemos afirmar que mientras no salgamos seguiremos siendo esa masa fantasmal sin memoria que camina por el valle de las sombras creyendo que es un triste paraíso sin memoria.