lunes, 10 de diciembre de 2018

UN ATISBO QUE ES BOGOTÁ


UN ATISBO QUE ES BOGOTÁ
POR: Carlos J. Gutiérrez.

Se puede ver como un caleidoscopio de contrastes. El barrio Lomas con sus calles estrechas empinadas; Montes de Medina cuya zona residencial cerrada encierra grandes apartamentos y casas de dos pisos con un patio de juego cerrado para cada familia. En la punta de uno de estos dos está  el mejor de los apartamentos o el más lujoso; y en el otro las casas manualmente construidas con latas y ladrillos que habían sido abandonados en la Caracas sur. El centro histórico donde habitaron los colonos y la gente pudiente de viejas épocas y el occidente indígena de Bosa, Fontibón o Engativá diezmado, señalado y en algunos casos creciente en sus estratos, demarcado por vías como la Boyacá la Cali o la Esperanza. “Si vas hacia tal lado es estrato cinco, pero si vas hacia tal, ya es dos e incluso uno” se escucha decir cuando se habla de las zonas de Bogotá y es que esta ciudad es un atisbo de la misma por ser un caleidoscopio en donde la simetría está basada en la desigualdad social.

Es un atisbo cuando optimistas entramos en una estación de Transmilenio y pensamos que no nos van a robar, que no se van a colar, que no van a haber vendedores ambulantes en cada estación, que no habrá un trancón o que no se va a varar. Es un atisbo cuando esperamos que las vías no se encuentren con huecos, que los semáforos no estén dañados o que la invasión al espacio público no sea una realidad. Es un atisbo cuando los gobiernos de turno durante los últimos veinte años no han hecho mayor cosa por esta triste ciudad, cuando simplemente se amarraron a sus discursos de cambio sin saber qué era lo que realmente se debía cambiar. Bogotá es eso, es un atisbo cuando veo que desde hace 15 año la misma vía sigue sin ser pavimentada a pesar de que tres gobiernos de izquierda hablaron de cambio y el último, de derecha, quiere borrar lo que la izquierda no hizo y engaña diciendo que lo va a hacer.

Bogotá es una ciudad que se ama a pesar de que sigue siendo un pueblo que, como a mediados y finales de siglo XIX, arrogantemente afirma ser la mejor, ser la Atenas sudamericana. Pero, detrás de esa falacia que los poeta románticos se inventaron, no hay nada más que una simetría donde el rico y el pobre son igual de grandes, el rico en su corrupta beneplacencia y el pobre en su corrupta miseria. Los dos se aceptan, no se repelen, los dos viven un idilio de amor que permuta los valores de una capital que se engrandece solo por ser la capital pero que es imposible de mostrarse y transformarse como tal. Es un pueblo, un pobre pueblo refractado en ciudad con edificios modernos que esconden el atraso en el que vive. Es un atisbo de ciudad donde al caminar por el paseo la cabrera recordamos que también están la Villavicencio o la Caracas, por Molinos, donde la criminalidad se traga a la necesidad y a la pobreza.

Bogotá, como lo dirían en las películas, es una ciudad que se ama y que se odia, es una ciudad de esperanzas falsas para los desplazados, para los venezolanos inmigrantes o para los mismos nacidos aquí que no lograr salir del hueco en el que se encuentran. Es un atisbo de sueño idílico que se vuelve una pesadilla. Es un pueblo agrandado, unas calles mal construidas, unos ciudadanos poco ciudadanos, unos gobernantes poco atrevidos al cambio y muy atrevidos hacia el atraso. Bogotá no es la ciudad que soñamos, no es una lucha humana y moderna, no es una ciudad positiva y llena de obras sociales, no es humana y no es mejor para todos. Bogotá, simplemente, es un atisbo de ciudad que se ama a fuerza de ilusiones.

jueves, 6 de diciembre de 2018

EXHORTACIÓN A VALIDAR SOLO LOS HECHOS


EXHORTACIÓN A VALIDAR SOLO LOS HECHOS
POR: Carlos Gutiérrez

Cuando hablamos lo hacemos a partir de la necesidad de ampliar nuestros actos, hiperbolizarlos, elisionarlos o modificarlos sin una mayor necesidad. Tal vez por esa cuestión es que se dice que la literatura surge de la oralidad, nos gusta contar lo que nos sucedió, pero, en medio de ese simple hecho esta todo un mundo que a punta de descripciones, diálogos o acciones se transforma en algo meramente verosímil. Esto es bueno cuando hablamos de literatura, porque sin que nos demos cuenta, todos somos de alguna forma escritores potenciales. Pero qué pasa cuando las hipérboles, elisiones o modificaciones que decimos son para justificar nuestros actos al punto que el ejercicio argumentativo -algo que es meramente opinativo, que no constituye ni siquiera una verdad a medias y debe reducirse únicamente al plano de la defensa- deja de lado el hecho sucedido. Lo que pasa es que el mundo acepta todo acto bueno o malo sin castigar porque al existir una justificación esta pasa al plano de la verdad y oculta enteramente el hecho.

Al parecer vivimos condenados a hablar sin necesidad, a darle cabida a las justificaciones porque consideramos que es necesario adornar con moños, bombas y platillos un hecho que hayamos realizado. Ya no se puede decir que está hecho, no podemos simplemente esperar en silencio que la gente vea lo que uno hace. No, necesitamos abrir nuestra boca, expresar con nuestra lengua lo que hicimos con las manos y decir que era necesario, que si no se hacía se corrían riesgos o que se hizo porque nadie más actuaba. Pero todas estas son simples justificaciones vanas, innecesarias, capaces de esconder la malformación que reside en nuestro pensamiento. Colombia vive de eso, vive de escuchar las justificaciones que dan los políticos, artistas o personas a sus actos. Esto no viene de ahora, viene de una estirpe lejana que heredaba actos atroces cubiertos con una crema de justificaciones endulzadas y mitificadas que nada tienen que ver con la realidad.

Por eso es que es necesario que siempre tengamos en cuenta los hechos presentados. Tengamos en cuenta que cuando un político toma el dinero del erario simplemente está robando, tengamos en cuenta que cuando un deportista se inyecta o toma pastillas para subir su nivel deportivo más rápido, simplemente se está dopando, tengamos en cuenta que cuando no pasamos un puente, botamos la basura al suelo, nos pasamos un semáforo en rojo, o nos colamos en Transmilenio simplemente estamos incumpliendo una norma que deberíamos tener interiorizada. Por eso, ahora que nos vemos rodeados de los medios con sus noticias sobre los debates de control político al Fiscal, el descubrimiento de que Sarmiento está envuelto en la corrupción de Odebrecht o que Petro recibió dinero de alguien; no debemos centrarnos en las argumentaciones que estos mismos den. Debemos, y esto es algo que parte desde la ética, aplicar la norma contra la falta.

Pero eso ya no es solo una cuestión de terceros, los que observamos o escuchamos las justificaciones tenemos parte de culpabilidad por aceptarlas, pero, mayor es la culpabilidad de aquellos que las dan cuando saben que sus actos no son correctos. Siempre es necesario preguntar qué pasa por la cabeza de una persona cuando realiza el acto y más aún cuando lo quiere justificar para no ser condenado. En este caso, las justificaciones que hacen o hagan estos, son iguales a escuchar las que den Garavito, Uribe Noguera, Popeye, Arrieta o Pelayo. Todas estas justificaciones son innecesarias porque provienen de la mentalidad monstruosa de creer a los que las escuchan inocente e ilusos.

Al final, mi exhortación es la necesidad de siempre validar solo los hechos. Es por eso que debemos ver lo que sucede y hacer oídos sordos a justificaciones pobres de honestidad. No hay nada más absurdo que ver como se perdona o acepta el acto por la justificación que se da del mismo, pues, sin saberlo nos estamos volviendo una sociedad cruel, permisiva,  e incapaz de controlar los pequeños reinos inventados por gamonales individualistas que se disfrazan de amor a la patria. Si la realidad se basara en los actos, la mayoría de los convictos de “La Tramacua” son más honestos que los políticos que nos gobiernan.  

domingo, 28 de octubre de 2018

LAS METÁFORAS DE LA REALIDAD


LAS METÁFORAS DE LA REALIDAD
Por: Carlos J. Gutiérrez

En muchos casos gustamos de vivir de la parsimonia, vivir de las respuestas fáciles, de decir “eso es así y ya”, levantamos los hombros, movemos las cabeza hacia un lado, levantamos las cejas, apretamos los labios y mostramos nuestras palmas como diciendo “suele pasar”.  Así, cómodamente nos evadimos ya sin necesidad de inventarnos paraísos artificiales como los del siglo XIX. Lo hacemos porque preferimos evitar las preocupaciones que hacen de nuestra vida un martirio, una cruz a cuestas o nos hace caminar en la cuerda floja mientras sufrimos de vértigo. Las respuestas fáciles son mejores, porque nos llevan al chiste, al absurdo, a la respuesta literal en la que afirmamos cómodamente que todos los hombres hacen estupideces. Pero, de lo que no nos damos cuenta, es que a veces tomar la vida tan literal nos impide descubrir que detrás de cada absurdo se devela una metáfora de la realidad en la que vivimos.

Desde hace muchos años los memes, las frases contextualizadas o descontextualizadas han nutrido nuestro humor local de una manera sorprendente, y si hay algo que tiene el chiste es que utiliza la realidad hiperbolizándola para mostrarla absurda. El problema, ya no necesita utilizar la hipérbole como recurso retórico porque este ya se encuentra en los actos de las figuras públicas y tal vez por eso es que los programas de humor ya no tienen tanta gracia como antes. Para qué ver Sábados felices si tenemos los tweets de los congresistas y los senadores, para qué ver comediantes de la noche si ya tenemos los nombramientos del presidente, para qué un programa mañanero de humor si podemos poner alguna emisora y escuchar a los políticos tocar la guitarra, cantar vallenato o tomarse fotos y grabarse cabeceando un balón. Para que el humor si tenemos la política.

Pero más allá de esto, debemos darnos cuenta que lo que estamos viviendo no es simplemente los chistes sueltos de las figuras públicas sino una metáfora de la paupérrima realidad en la que vivimos. Ya una vez lo dijo Eco, y lamento profundamente nombrarlo ya que se está volviendo un cliché, los medios digitales le dieron voz a una masa de idiotas; lo que no sabíamos es que entre esta masa de idiotas estaban los políticos que manejan nuestro país. Y en esto, debemos advertir que cuando una figura pública hace algo (un chiste) representativo, este toma dimensiones simbólicas a gran escala, así como cuando en la edad media los cantares de gesta representaban los valores de un país para que gracias a un héroe todo un estado adquiriera un comportamiento determinado. Tan grande es la influencia de estas figuras y sus actos (estupideces) que no nos damos cuenta que de manera simbólica están representando lo que somos como país.

Todo esto lo digo porque no dejo de pensar que el hecho de que Peñalosa se hubiera perdido en los cerros orientales no es más que la más perfecta representación de lo poco que conocemos el territorio que queremos transformar a la fuerza. No dejo de pensar en el video de Duque dándole cabezazos a un balón de futbol como la mejor imagen del colombiano que prefiere ver un partido, asistir a uno o jugarlo en vez de realizar un trabajo productivo e influyente. No dejo de pensar en el nombramiento de Ubeimar Delgado como embajador de Suecia así no hable inglés como un símbolo del arribismo colombiano en el cuál se demuestra la necesidad de mostrarnos como algo más de lo que no somos o saber lo que somos y desde esa poca distancia creernos superiores a los otros.  Al final, pareciera que todo es un mal chiste. Una broma. Un adelanto al día de los inocentes, una forma de crear un año de solo bromas y jugadas que se reducen a un circo de payasos hilarantes más crueles que los que hostigaban a Dumbo, más crueles que Wayne Gacy quien disfrazado de payaso torturaba física y mentalmente. Aunque no, no es todo esto, es simplemente la realidad representada desde los memes, los tweets y las noticias.

domingo, 14 de octubre de 2018

EL HAMBRE Y LA SED


EL HAMBRE Y LA SED

Por: Carlos J. Gutiérrez.

Una manifestación es un grito, es un rio en el cual miles de cabezas gritan a una sola voz su impotente necesidad de cambio. Y los espectadores, el público y los ignorantes, nos convertimos en poco más que un objeto de sumisión que en silencio está de acuerdo con “lo que no se hace”. La parte importante de una marcha no es la temática, pues es algo que todos conocemos; no es los indignados porque para la voz popular son los mimos de siempre; no es importante tampoco el gobierno porque ellos siempre dicen las mismas palabras que los manifestantes no creen y que en la mente, en ese subconsciente negro que todo gobierno tiene y que también aplica, siguen siendo maestros de mentiras y falsas esperanzas. No, ellos no son importantes, los importantes somos nosotros, los espectadores, los que vemos desde los medios los pasos de los indignados, de los humillados y los ofendidos.

¿Qué nos hace ser simples espectadores de los problemas que nuestro país mantiene? Las excusas son una larga lista a decir verdad. Hay quienes dicen que su trabajo no se lo permite porque cumplen un horario y les afecta mas no ir a trabajar que solucionar los problemas con una marcha. Hay quienes dicen que no asisten porque el sentido de la marcha es inútil, es contradictorio y en sí misma, no significa el método más efectivo para cambiar las cosas o los problemas. Hay quienes afirmarían en voz baja que la marcha simplemente es una estrategia política de los contradictores y que a pesar de que están de acuerdo con lo que denuncian, su voto se los prohíbe. Y hay quienes afirmar que apoyan la protesta porque es algo políticamente correcto pero que no les interesa en lo más mínimo.

Los espectadores no tienen nada que perder ni nada que ganar en una protesta, no lo tienen porque para eso tendrían que vivir con sed y hambre; algo, que en la capital no se da comúnmente. Esa es tal vez la peor parte de toda esta situación. Las marchas en Colombia suelen darse en muchos lugares, pero entre más apartadas de la capital menos posibles será que los escuchen, por eso, deben moverse de cualquier forma a Bogotá para que los oídos que los deben escuchar estén más cerca. Pero venir aquí es venir a un lugar donde la sed por falta de agua potable o por falta de una buena administración (aunque aquí no podemos hablar de una buena administración tampoco) y el hambre por el dinero que se pierde, por la falta de oportunidades o porque simplemente los gamonales, caudillos y tiranos regionales los someten no parece impactar. Porque, diciendo la verdad, Bogotá se ha convertido históricamente en un palco desde el cual se ven los problemas sociales, se siente lastima, se dice “pobres gentes”, se llora por lo que sucede pero al final del día solo se da una palmada en la espalda y se sigue el camino.

Por todo eso es que los espectadores, los que miramos como la gente se moviliza por una situación, somos la peor parte o el peor problema que la sociedad colombiana tiene. Porque ser espectador es ser un simple descriptor de una sociedad donde no queremos vivir pero nos aguantamos. Ser espectadores es ser otra parte más que gusta de invisibilizar al pobre, al desahuciado, al que no tiene nada y no logra tenerlo. Como espectadores, a pesar de que no lo tenemos, tampoco lo queremos, porque querer significa luchar, y en esta tierra cucañera la lucha simplemente es lo que para un estudiante es asistir al colegio: una inutilidad. Un espectáculo sin público no es espectáculo, y al público le gusta celebrar las victorias, les gusta estar del lado del más popular, del famoso, del poderoso, no le gusta perder. Y en toda marcha, el gobierno y sus “dirigentes” son la bonanza y satisfacción en cambio los protestantes son “el hambre y la sed”. ¿Creen que alguien quiere realmente aguantar hambre y no tener que beber?

sábado, 18 de agosto de 2018

CRÓNICA DEL TRANSPORTE: EL LLANERO DESPLAZADO


CRÓNICAS DEL TRANSPORTE: EL LLANERO DESPLAZADO
Por: Carlos J. Gutiérrez.
Me subo en la Boyacá con esperanza para dirigirme a colina en la 147 con el fin de dar una clase particular a un niño de ocho años. Tomé el 330 y me senté en el costado que da hacia el sol de las tres de la tarde de lo cual me arrepentí pues no podía leer y me dormiría con facilidad.
En la 53 se subió un hombre. Como iba mirando las fotos de “salario mínimo” solo le había escuchado la voz. Se fue acercando a la mitad del bus y ahí pude verlo de forma completa. Llevaba un  pantalón de paño café, zapatos negros roídos, con la suela del derecho con la suela despegada, una camisa azul con flores estampadas, un poncho blancuzco con tres líneas representando la bandera de Colombia, un sombrero llanero y a su espalda una maleta negra, vieja y estirada por el peso que llevaba, al final el sombre le daba la pinta de llanero venido a la ciudad. Pensaba que era un ciego ya que cuando levanté la mirada sus ojos se encontraban cerrados.
“Miren – Supongo que el saludo ya lo había realizado – mi nombre es **************, vengo de Puerto López. Por cuestiones del destino soy desplazado.”
Era un desgarrado de la estirpe que la violencia ha mandado a Bogotá desde hace 30 años. Nos decía casi con lástima que no traía a sus hijos para acompañarlo a vender en los buses porque no quería que pasaran la vergüenza que él estaba pasando. Sacó de uno de los bolsillos grandes de su maleta una foto ampliada que parecía sacada del marco en el que estaba y la había plastificado, supongo yo, para no dañarla por estar sacándola y metiéndola en su maleta. La foto mostraba a sus cuatro hijos juntos, ubicados en posición de equipo de micro sonriendo ante la cámara. Ya se veían grandes y estaban más cercanos a trabajar en algún lado que a ser mantenidos por sus padres.
Habló de la difícil situación que vivió, no sin antes lanzar una pulla a lo que hoy se vive con el proceso de paz. Expresó sus descontentos al saber que no era un guerrillero o un “paraco” para que lo tuvieran viviendo bien con un sueldo con dos millones sin hacer nada. Su moral, mostrada intacta, estaba tranquila pues afirmaba ser una persona de bien quien la vida había castigado y que prefería seguir así a recibir 2 millones por ser asesino.
¿Cómo se comprende una situación así, que a pesar de no ser del todo cierta si refleja la situación del país? El desplazamiento sigue sin ser resuelto; y entre ellos y los venezolanos el ver vendedores ambulantes se volvió un hábito (¿o un vicio?) que no parece acabar. Las políticas restrictivas que desde la alcaldía se generan no aportan un cambio satisfactorio. Al fin de cuentas, el SITP y el TRASMILENIO surgieron, sugiero yo, como medios de transporte que evitarían o eliminarían la venta de productos en el transporte público.
Pero ni eso constituyó una solución. Y tal vez, solo opinando adrede, jamás lo sea; porque prohibirle a alguien que deje de vender en los buses no implica que desee conseguir otro medio de sustento. Con lo anterior, solo se le ha puesto una curita a una herida de bala creyendo que con el tiempo se cicatrizará y desaparecerá.
Al final de su discurso, de su maleta sacó unas colombinas y unos bombombunes baratos los cuales ofreció al precio de “la moneda que ustedes quieran” apelando a la misericordia de aquellos que son cien pesos más ricos. No vi más la situación pero tampoco escuché el “gracias” por recibir una moneda.
¿Cómo interpretamos esto? Ahora recuerdo que un profesor de la época en que yo era un estudiante de ingeniería industrial dijo en una clase que la mejor falacia que existe y que nosotros incautamente creemos es la frase de los vendedores ambulantes o mendigos cuando afirman que “una moneda no enriquece ni empobrece”. Tal vez, y solamente tal vez; la respuesta a lo anterior esté en dos opciones: la primera, que nos agotamos tanto, viendo cada cinco minutos un vendedor ambulante que si le damos al primero, nuestra misericordia no alcanza para darle a los otros cuatro. O la segunda que siguiendo la lógica del profesor de ingeniería, nos hemos vuelto tan miserables que la burbuja bogotana en la que vivimos ya nos hizo ciegos y sordos ante los discursos plásticos que ocultan los problemas que nos hablan.
El vendedor se bajó con su maleta, sus dulces y su foto llegando a la Boyacá con 80. Se subirá a otro SITP y a otro y a otro hasta que la hora pico empiece a enviar camionados de SIPT repletos de trabajadores a sus casas  y ya sea imposible para el desplazado vender su miseria.

martes, 3 de julio de 2018

EL ANÓMALO BICÉFALO II


EL ANÓMALO BICÉFALO II

Por: Carlos J. Gutiérrez.

En 1796 un poeta alemán desde su estudio se miró al espejo, se levantó, se movió de un lado para otro sin dejar de mirarse en el espejo, sonrió de manera alegre y sus ojos se pusieron brillantes. Pero, al ver esa felicidad en el espejo, pasó a horrorizarse, pues no veía la felicidad que pensaba, veía unos ojos brillantes, de cejas bajas y su sonrisa presento un aspecto malévolo, no de picardía sino de placer malvado. En silencio, se alejó de su espejo, se sentó en su escritorio y escribió una única palabra: “Doppeltganger”. Esta tiene como significado “el que camina al lado” y surge como la idea del gemelo malvado que todos tenemos pero que siempre negamos. Hoy en día el mundo está lleno de esos dobles. Los líderes, débiles como se sabe, han empezado a dejar ver ese gemelo malvado que nos asusta, y que en el caso del recién elegido tiene un aspecto físico que está lejos de ser un mito.

Nos encontramos cerca del inicio del funcionamiento de un anómalo bicéfalo en el cual, vemos como accidentalmente llego a un poder que no conoce y en cual, buscará a su doble para encontrar ayuda o consejo, pues este es un ser con poderes, un ser que designa incluso a la persona en la cual quiere encarnar su desdoblamiento. Esto nos deja una enorme duda que nos asoma al abismo de la incertidumbre ¿Realmente quedó elegido un ser físico, independiente y libre que decida o se escogió a un ser inactivo que solo crece cuando su doble toma posesión de él? Hay, el Doppeltganger del elegido, una fuerza que opaca a la real, porque esta se sabe débil, pasiva, empujada a lo ilusorio al punto de hacernos creer que parece más un fantasma la fuerza del elegido que la del mismo doble.

Así, el comportamiento del elegido no es más que el mismo que satirizó hace 15 años Darío Fo en el Anómalo Bicéfalo. Una figura grotesca de dos caras, la del pasado y la del presente, nada más, porque al parecer el futuro es inexistente o por lo menos incierto. El próximo gobierno es eso, una anomalía de dos formas de pensamientos que no parecen pelear sino que basan su relación en una forma parasitaria. Además, al ser bicéfalo, no quiere decir que ambos tomen una decisión en conjunto, no, lo que sucede es que, como en toda relación, hay alguien dominante y alguien recesivo.

¿Cómo quedamos nosotros cuando debemos esperar que el castillo no se derrumbe? El momento de decidir lo quemamos; y en un mundo donde todos los actos son simplemente relaciones de causa y consecuencia, debemos saber, que de derrumbarse el castillo, no solo este anómalo bicéfalo es el culpable. Decía Strindberg que el que ve a su doble es que va a morir. Y hay que tener cuidado con esta afirmación, no sea que en la posesión del ungido, el mismo se dé cuenta que al momento de ponerse la cinta presidencial mire a su doble y sepa que camina hacia su muerte y por ende, todos debemos tener cuidado porque al final, parece que el que camina al lado no es el doble sino la figura real.

martes, 26 de junio de 2018

EL DISCURSO DE LA UNIÓN


EL DISCURSO DE LA UNIÓN

Por: Carlos Gutiérrez.

Cuando se quiere ser un líder el principal factor que se debe poseer es el carisma, o eso dicen. Se supone que este hace que las personas bajo su cargo sean más competentes para así evitar la deserción, la crítica, el ataque o la división. Se supone que cuando un regente sube este tiene la función de legitimar lo que desde la legalidad obtuvo. Se supone que en esa parte es donde mejor funciona el carisma, si hablas con amor a la gente, esta no te pondrá problemas para trabajar. Pero ¿Qué pasa cuando eso se queda única y exclusivamente en el discurso? No podemos ir más allá de lo que los medios nos muestran, lo que si podemos hacer es leer entre líneas esas palabras que se quieren asociar con la unión, pues, muchas veces, cuando escuchamos eso de permanecer unidos, de eliminar las diferencias, de cambiar el rumbo y trabajar juntos para ser mejores, básicamente es, en términos generales, el primer paso en falso para la legitimación del poder.

La legitimación tiende a ser el primer objetivo de un hombre cuando sube al poder, lo es por razones como el hecho de garantizar seguridad o participación a sus oponentes, por el hecho de que sus propuestas son solo viables cuando todos, no solo el, creen en ellas o porque su poder no simplemente viene de un regalo divino sino de un favor desde el cual el pueblo actuó. Por tal motivo es que los discursos, los tweets, las entrevistas, las cartas, los mensajes o las caminatas por el territorio tienen siempre como fin último hablar de la unión del pueblo, ya que, cuando se arranca a trabajar se busca que los demás trabajen con él. Ese es el fin de todo gobernador al inicio de su periodo. Hoy en día, esa palabra de unión ha llenado los medios del país. Es la bandera del recién elegido presidente quien desde esa palabra busca que su discurso sea creíble, busca que se den cuenta que no es un Guepeto quien habla sino un hombre sin ataduras.

Simbolizar la unión no es simplemente pregonarla por todo lado, no es levantar las manos juntos a la señal de un animador, ni sonreír a las cámaras acompañado por personas que de una forma u otra han sido afectadas. Decir que se va a trabajar para todos es un slogan que hasta un rey en el pasado pudo aplicar. Se puede poner por caso la alcaldía de Bogotá, cuyo slogan implica dos conceptos polisémicos donde “lo mejor” puede ser de una forma uniforme o medida en dosis equivalentes a cada grupo social. “Lo mejor” para la administración de la ciudad puede ser el continuar con un sistema de transporte pobre y congestionado, porque al fin de cuentas “todos” lo seguirán usando, incluso, para la misma administración “lo mejor para todos” es inaugurar parques, canchas o sitios recreativos pero no arreglar mallas viales, descongestionar, descontaminar, mejorar el sistema de basuras o mantener a la ciudad con mínimos índices de seguridad. Lo anterior no es lo mejor para todos, según la alcaldía, pues no a todos les afecta. De ahí que para la alcaldía, la unión de los bogotanos está en la recreación, en nada más.

Los discursos de la unión suelen caer en los errores de la retórica, buscan mantener contenta a la masa, alegrarla, motivarla, confesarles que todo es en beneficio de ella, pero, realmente los objetivos no se aplican para todo el mundo o el discurso es contradictorio a la acción. En conclusión, se vuelven una falacia. En muchos casos se dice que no se pueden tener contento a todo el mundo, pues, lo que le gusta a unos pocos no es lo que le gusta a todos, sin embargo, esos pocos no deben ser aquello a quienes no les afecta los problemas, ya que, en vez de unir lo que esta es separando. Algunos tienden a decir que el actuar de un gobernador solo es limitado cuando afecta a los que dinamizan el poder o la economía y que mientras a esto no se les afecte, antes bien, se les favorezca, lo único que se va a encontrar como resultado son números verdes. El problema de esta premisa, es que a esos dinamizadores les interesa mantener afectada a la población que el gobernador prometió mejorar. Al final, hay que preguntarse ¿Cómo va a lograr el gobernador unir dos polos que se repelen? ¿Cómo va a legitimar su poder en los que a futuro va a afectar?