domingo, 20 de enero de 2019

LA SÁTIRA DE UN CLICHÉ


LA SÁTIRA DE UN CLICHÉ
POR: Carlos J. Gutiérrez.

La parte más penosa que se puede vivir cuando se sube a un SITP es que se pase la tarjeta verde por el panel y la voz sensual le diga de frente a todo el mundo –como aprovechando el papayaso para el bullyng- que tiene fondos insuficientes para pagar. Y luego, en un acto heroico vuelve a pasar la tarjeta  para que la misma voz le diga que realmente no tiene dinero, que no insista. Y muchos suelen soltar palabras o frases como: “perdón”, “aish, no recargué”, “pero si había recargado el pasaje”, “no puede ser, esta vaina no tiene pasajes”. Otros, sabiéndose culpables, se resignan a bajarse del trasporte para buscar el medio de obtener lo que no recargaron.

Y en las mañanas, temprano, cuando el día hasta ahora va a empezar; uno puede confiarse de las personas con chalecos verdes que están proliferando en los paraderos de la ciudad como una nueva forma de trabajo informal para cualquiera que no considera otra oportunidad. Confía porque se sabe que a las cinco de la mañana, cuando lo único abierto son los carritos ambulantes donde los taxista o particulares toman tinto para empezar o terminar su trabajo, ellos son la última esperanza para conseguir un pasaje o la primera opción para no mendigar a los demás pasajeros la ayuda de servirse de otra tarjeta. Uno puede hacer eso, uno puede saber qué se pide o se compra al otro, lo que no puede permitirse es a arriesgarse al bullyng de una máquina que le dice que no tiene ni un peso para el pasaje. Riámonos en compañía.

La verdad es que es una acción que parece adrede. No estoy diciendo que todo incauto no se toma la molestia de revisar su tarjeta o de olvidar recargar, eso a veces suele suceder; Pero en muchos casos, lo que parece inconsciente se muestra como un mecanismo de ahorro efectivo. Lo es por el simple hecho de que buscan que el conductor los deje pasar sin cobrar. Y tal vez, solo sea por eso que olvidan, dejan o no recargan la tarjeta del transporte. Tal comportamiento solo lo he visto efectivo en dos grupos de personas, el primero, en los de tercera edad que apoyados por su lastima suelen permitírseles ingresar sin pagar pasaje como antes se hacía en los buses cebolleros, o sea, por la puerta de atrás; y el otro, demostrando en cierta medida el machismo social en el que vivimos, dejan “colar” a las mujeres que vestidas de una u otra forma muestran un buen cuerpo. Y no digo que comparta eso como válido.

Todo eso representa la forma de un cliché que se apropia al estar subiendo y andando en un SITP donde, cuando no se pide a los mismos pasajeros, se consigue con los chalecos verdes o con los del el mercado ambulante. Subirse o andar por las calles no solo es un recorrido a ciegas, se encuentra uno con estas formas, con estas repeticiones, con esa lastima, esos ruegos, esa buena capacidad de colarse sin ser visto. Y todo esto surgió y lo escribo por la simple anécdota en la que un hombre y una mujer subieron al SITP 496 cerca a la Villavicencio con primera de mayo, el hombre pasó la tarjeta y no pudo ingresar, dejó que una mujer pasara y luego pasó por debajo de la registradora. El conductor le dijo que debían marcar ese pasaje y el hombre lo único que le supo decir es: “que no tengo la tarjeta”. Lo dijo como si tal frase fuera el mejor argumento, el más valido, el más convincente y con el cuál el conductor se llenaría de gracia divina, sonreiría y aceptaría las disculpas no dadas por dejarlo ingresar tan vilmente.

domingo, 6 de enero de 2019

¿CÓMO PUEDE OCURRIR QUE EL CERDO VEA EL CIELO?


¿CÓMO PUEDE OCURRIR QUE EL CERDO VEA EL CIELO?[1]
Por: Carlos J. Gutiérrez.

Los animales siempre han sido la mejor forma de representar nuestras virtudes, contrariedades y defectos. Son seres que en sí mismos parecen explicar mejor nuestra naturaleza al momento de hablar, hacer o pensar las cosas, son elementos poéticos que juzgan indirectamente la realidad en la que vivimos y que por tal motivo siempre han de ser usados. Para todas las cosas nos tildamos de animales, nos volvemos fieras, mansas palomas o perros fieles que simplemente sirven para mirarnos al espejo, no porque nos bajemos al estatus de esos seres sino porque los subimos a la cotidianidad en la que existimos. De todos, el que es más famoso para nosotros hoy en día es el cerdo y no porque los más viejos nos acordemos del puerquito valiente o los más jóvenes de Peppa pig, sino porque –como dijo hace poco matador- desde un meme o una caricatura hasta la expresión cultural de un pueblo que ama los carnavales, el cerdo se convirtió en el símbolo de nuestros males sociales.

Y al parecer nuestra realidad no está lejos de la universalidad humana que nos hace ser parte de este pobre mundo. Cuando nos acercamos a las diferentes mitologías nos damos cuenta que el cerdo simplemente es un ser que se desprecia, un ser que se mantiene al margen pero que nosotros en nuestra lamentable ignorancia lo convertimos en alguien a quien seguir, como si fuera el rector o sumo sacerdote de una misa negra en la cual somos auditorio y sacrifio para algún supremo escondido entre los matorrales. La verdad es que tal vez no existe peor animal que este; el cerdo, para los judíos, es un ser depravado cuya voracidad hace que se trague hasta a sus propias crías, así como un designado líder decide afectar a sus seguidores a partir de leyes o reformas que los afecta al punto de desaparecerlos ¿Hay algo más depravado que eso? Tal vez si, porque tal vez se pueda tomar como se toma para los hindús, un artefacto que sirve para limpiar la basura, así como el fiscal, el senado, el exprocurador y algunos otros han podido utilizarlo para quedar como santos inmaculados a los cuales solo hay que agradecer.

Pero tal vez seamos exagerados, tal vez nos extralimitemos con las formas en las cuales juzgamos a quien los pastusos hace poco le hicieron carrosas, tal vez solo deberíamos de tomarlo como los chinos toman a los cerdos, como alguien tonto, alguien que incapaz de ser coherente comete tantos errores que deja al mismo tiempo limpio a su progenitor político. Alguien tonto que es capaz de mandar saludes a los excolonizadores o decir erróneamente que unos, que en varias ocasiones se mantuvieron al margen y neutro frente a la campaña independista, fueron grandes colaboradores y la realidad es que, según Finol en su texto “Lecciones de historia al presidente Duque”, incluso en algún momento le prestaron ayuda a los realistas para vencer a los independentistas. Tal vez sea un tonto porque en vez de comportarse como un hombre de poder se comporta como un subordinado lleno de miedo.

En sí mismo, el cerdo es una imposibilidad para llegar al poder, es un ser al cual, según el refrán ruso, no se le puede dejar al país (tu propio negocio, tu tierra) porque está interesado directamente en el. Y no lo está para ayudarte, para apoyarte, para hacerte crecer; está interesado para poseerla, para quitártela, para ayudar a otros a pasar bajo el radar y no poder ser juzgados de una forma correcta. Lo anterior implica que al ser una imposibilidad y ser consciente de esto es necesario que deba disfrazarse, igual que un murraham o cerdo como le decían los árabes o los cristianos a los judíos que se convertían al cristianismo falsamente porque en la consciencia permanecían fieles a su fe judía. Y eso es lo que sucede en campaña, el cerdo era un disfraz con el cual convencía a las masas mientras escondía sus intenciones para poder ser elegido, aceptado y empoderado. Detrás de eso hay algo depravado, detrás de eso se esconde alguien ruin. Alguien que conoce muy bien el refrán que dice que si un cerdo tuviera alas podría volar, mas no implica que lo vaya a hacer.

¿Cómo puede ocurrir que el cerdo vea el cielo? Es una imposibilidad que un hombre simple, pequeño, sin aspiraciones mayores llegue a un cargo al cual solo los grandes, imponentes, ególatras (porque si, los malos también llegan a ese cargo) o narcisistas aspiran. Es una imposibilidad que un desconocido con un pensamiento tan ruin se corone y le pongan la cinta de regente. Por desgracia, esa imposibilidad del refrán ruso se volvió una realidad para nosotros no solo porque vio el cielo sino porque lo alcanzó. Se volvió una realidad porque tal vez es el artefacto con el cual limpia la basura su progenitor, porque tal vez gustamos de creer a todo aquel que es un murraham, porque tal vez, y solo tal vez, también somos igual de ruines.



[1] Refrán ruso.

miércoles, 2 de enero de 2019

UN DÍA AZUL CALUROSO EN BOGOTÁ


UN DÍA AZUL CALUROSO EN BOGOTÁ
Por: Carlos J. Gutiérrez

La ventaja de los 25 de diciembre es que la ciudad parece desocupada. En la mañana, las nueve es la madrugada de cualquier día, es el momento donde los locales están cerrados pues sus dueños están pasando el guayabo navideño de rigor. Bogotá, el veinticinco, es más un pueblo de pocos habitantes y de muchos muertos trasnochados. Lo que no cambia, así sea veinticinco, 1 de enero o semana santa es que le gusta, a medio día, tener el clima de Melgar, Flandes o la Dorada; y a esto, se le suma que a las familias les gusta seguir la tradición del asado en la calle, en la terraza o en el patio; se reúnen en torno de dos o tres que se encargan de asar la carne, el pollo, los chorizo y los chunchullos mientras que pasan el calor exorbitante con el frio de una cerveza. Una fría que haga pasar la sensación de estar ahogándose en ese azul caluroso de la ciudad.

Ese es el panorama que uno ve cuando sale un veinticinco, así como lo hice hace poco para dirigirme de la ochenta a la primera de mayo. Cuando tome el 927 desocupado, el sol estaba en su punto más alto, el cielo estaba azul sin que lo cubriera una nube, y la avenida parecía una planicie sahárica por la que cruzaba uno que otro carro una que otra vez. Se podía caminar por ella sin el peligro de morir atropellado así se quisiera. La calle estrecha que nos lleva a la calle 68 también era un corredor donde solo mi transporte pasaba y al llegar a Vivero, el centro comercial, solo estaba siendo recorrido por alguna que otra alma con batería baja que salió a hacer alguna compra atrasada.

Al tomar la Mutis, esta se transitaba sin necesidad de adelantar al despistado para evitar algo del trancón y tomar rápido la Cali. No, no era necesario eso, se recorría con tranquilidad, como sabiendo que la calle es únicamente de uno, se tomaba la 26 sin ninguna preocupación y seguía así hasta el aeropuerto donde más de un taxi esperaba la salida de pasajeros y turistas que llegan a visitar lo bello de esta ciudad. De ahí la complejidad siguiente era la cien en Fontibón. Pero no esta vez, esta vez era una vía ocupada en las aceras por unos pocos niños con sus juguetes, bicicletas y ropas nuevas. Los asaderos, pollerías y restaurantes se nutren de trasnochados que evadiendo la necesidad de hacer almuerzo ingresan en estos locales para recargarse lo mejor que pueden. Los locales de ropa o de chucherías, que suelen volver un caos la estrechez de la carrera desde la 22 hasta la 17, se encontraban cerrados en su mayoría y los pocos que estaban abiertos se encontraban con un cliente o solo con los empleados que son mortificados por un jefe que los pone a trabajar más de lo útil en un día innecesario.

Y esas calles traen un recuerdo lejano del caos y sensación de fastidio, de abandono de individualidad y espacio personal a cambio de un afán, de una evasión constante de vendedores ambulantes, de locales tetiados de gente hasta tomar la 13 para ver el puente de la Cali que en épocas de trabajo está congestionado entre el polvo, el humo, los carros, los camiones, las mulas, las bicicletas, el olor putrefacto del caño y la carne del matadero. Pero todo eso, en este día caluroso de cielo azul no está, simplemente es un día caluroso y azul por donde el SITP transita libre, solo bajo el yugo de los semáforos que se aceleran a medida que el bus se acelera. La entrada a Valladolid no es un caos por sus calles destapadas, la biblioteca del Tintal está cerrada y su paradero desocupado, el centro comercial poco habitado y la ciclas que por la ciclorruta formaban el trancón más estúpido y estresante se encontraban guardadas en las casas de los empleados que pasan su navidad enguayabados.

Al pasar a Patio Bonito no hay colados, el Transmilenio y sus estaciones no están tetiadas, las puertas no están abiertas y la gente no está acosada por llegar a sus casa. El azul caluroso de Bogotá en un veinticinco no es un estrés constante sino una sensación de cambio y renovación, un mar de asfalto tranquilo que no obedece a su destrucción, la 86 vive lo mismo que la cien en Fontibón, unas aceras poco habitadas. Y luego de ese recorrido, se llega a una casa que, silenciosa, no es más que el resultado de una festividad acabada que tuvo su esplendor muchas horas atrás y que ahora; en sus ollas, su loza sucia, sus botellas vacías, los papeles rotos y árbol apagado no es más que un nuevo recuerdo en la memoria de unos pocos.

lunes, 10 de diciembre de 2018

UN ATISBO QUE ES BOGOTÁ


UN ATISBO QUE ES BOGOTÁ
POR: Carlos J. Gutiérrez.

Se puede ver como un caleidoscopio de contrastes. El barrio Lomas con sus calles estrechas empinadas; Montes de Medina cuya zona residencial cerrada encierra grandes apartamentos y casas de dos pisos con un patio de juego cerrado para cada familia. En la punta de uno de estos dos está  el mejor de los apartamentos o el más lujoso; y en el otro las casas manualmente construidas con latas y ladrillos que habían sido abandonados en la Caracas sur. El centro histórico donde habitaron los colonos y la gente pudiente de viejas épocas y el occidente indígena de Bosa, Fontibón o Engativá diezmado, señalado y en algunos casos creciente en sus estratos, demarcado por vías como la Boyacá la Cali o la Esperanza. “Si vas hacia tal lado es estrato cinco, pero si vas hacia tal, ya es dos e incluso uno” se escucha decir cuando se habla de las zonas de Bogotá y es que esta ciudad es un atisbo de la misma por ser un caleidoscopio en donde la simetría está basada en la desigualdad social.

Es un atisbo cuando optimistas entramos en una estación de Transmilenio y pensamos que no nos van a robar, que no se van a colar, que no van a haber vendedores ambulantes en cada estación, que no habrá un trancón o que no se va a varar. Es un atisbo cuando esperamos que las vías no se encuentren con huecos, que los semáforos no estén dañados o que la invasión al espacio público no sea una realidad. Es un atisbo cuando los gobiernos de turno durante los últimos veinte años no han hecho mayor cosa por esta triste ciudad, cuando simplemente se amarraron a sus discursos de cambio sin saber qué era lo que realmente se debía cambiar. Bogotá es eso, es un atisbo cuando veo que desde hace 15 año la misma vía sigue sin ser pavimentada a pesar de que tres gobiernos de izquierda hablaron de cambio y el último, de derecha, quiere borrar lo que la izquierda no hizo y engaña diciendo que lo va a hacer.

Bogotá es una ciudad que se ama a pesar de que sigue siendo un pueblo que, como a mediados y finales de siglo XIX, arrogantemente afirma ser la mejor, ser la Atenas sudamericana. Pero, detrás de esa falacia que los poeta románticos se inventaron, no hay nada más que una simetría donde el rico y el pobre son igual de grandes, el rico en su corrupta beneplacencia y el pobre en su corrupta miseria. Los dos se aceptan, no se repelen, los dos viven un idilio de amor que permuta los valores de una capital que se engrandece solo por ser la capital pero que es imposible de mostrarse y transformarse como tal. Es un pueblo, un pobre pueblo refractado en ciudad con edificios modernos que esconden el atraso en el que vive. Es un atisbo de ciudad donde al caminar por el paseo la cabrera recordamos que también están la Villavicencio o la Caracas, por Molinos, donde la criminalidad se traga a la necesidad y a la pobreza.

Bogotá, como lo dirían en las películas, es una ciudad que se ama y que se odia, es una ciudad de esperanzas falsas para los desplazados, para los venezolanos inmigrantes o para los mismos nacidos aquí que no lograr salir del hueco en el que se encuentran. Es un atisbo de sueño idílico que se vuelve una pesadilla. Es un pueblo agrandado, unas calles mal construidas, unos ciudadanos poco ciudadanos, unos gobernantes poco atrevidos al cambio y muy atrevidos hacia el atraso. Bogotá no es la ciudad que soñamos, no es una lucha humana y moderna, no es una ciudad positiva y llena de obras sociales, no es humana y no es mejor para todos. Bogotá, simplemente, es un atisbo de ciudad que se ama a fuerza de ilusiones.

jueves, 6 de diciembre de 2018

EXHORTACIÓN A VALIDAR SOLO LOS HECHOS


EXHORTACIÓN A VALIDAR SOLO LOS HECHOS
POR: Carlos Gutiérrez

Cuando hablamos lo hacemos a partir de la necesidad de ampliar nuestros actos, hiperbolizarlos, elisionarlos o modificarlos sin una mayor necesidad. Tal vez por esa cuestión es que se dice que la literatura surge de la oralidad, nos gusta contar lo que nos sucedió, pero, en medio de ese simple hecho esta todo un mundo que a punta de descripciones, diálogos o acciones se transforma en algo meramente verosímil. Esto es bueno cuando hablamos de literatura, porque sin que nos demos cuenta, todos somos de alguna forma escritores potenciales. Pero qué pasa cuando las hipérboles, elisiones o modificaciones que decimos son para justificar nuestros actos al punto que el ejercicio argumentativo -algo que es meramente opinativo, que no constituye ni siquiera una verdad a medias y debe reducirse únicamente al plano de la defensa- deja de lado el hecho sucedido. Lo que pasa es que el mundo acepta todo acto bueno o malo sin castigar porque al existir una justificación esta pasa al plano de la verdad y oculta enteramente el hecho.

Al parecer vivimos condenados a hablar sin necesidad, a darle cabida a las justificaciones porque consideramos que es necesario adornar con moños, bombas y platillos un hecho que hayamos realizado. Ya no se puede decir que está hecho, no podemos simplemente esperar en silencio que la gente vea lo que uno hace. No, necesitamos abrir nuestra boca, expresar con nuestra lengua lo que hicimos con las manos y decir que era necesario, que si no se hacía se corrían riesgos o que se hizo porque nadie más actuaba. Pero todas estas son simples justificaciones vanas, innecesarias, capaces de esconder la malformación que reside en nuestro pensamiento. Colombia vive de eso, vive de escuchar las justificaciones que dan los políticos, artistas o personas a sus actos. Esto no viene de ahora, viene de una estirpe lejana que heredaba actos atroces cubiertos con una crema de justificaciones endulzadas y mitificadas que nada tienen que ver con la realidad.

Por eso es que es necesario que siempre tengamos en cuenta los hechos presentados. Tengamos en cuenta que cuando un político toma el dinero del erario simplemente está robando, tengamos en cuenta que cuando un deportista se inyecta o toma pastillas para subir su nivel deportivo más rápido, simplemente se está dopando, tengamos en cuenta que cuando no pasamos un puente, botamos la basura al suelo, nos pasamos un semáforo en rojo, o nos colamos en Transmilenio simplemente estamos incumpliendo una norma que deberíamos tener interiorizada. Por eso, ahora que nos vemos rodeados de los medios con sus noticias sobre los debates de control político al Fiscal, el descubrimiento de que Sarmiento está envuelto en la corrupción de Odebrecht o que Petro recibió dinero de alguien; no debemos centrarnos en las argumentaciones que estos mismos den. Debemos, y esto es algo que parte desde la ética, aplicar la norma contra la falta.

Pero eso ya no es solo una cuestión de terceros, los que observamos o escuchamos las justificaciones tenemos parte de culpabilidad por aceptarlas, pero, mayor es la culpabilidad de aquellos que las dan cuando saben que sus actos no son correctos. Siempre es necesario preguntar qué pasa por la cabeza de una persona cuando realiza el acto y más aún cuando lo quiere justificar para no ser condenado. En este caso, las justificaciones que hacen o hagan estos, son iguales a escuchar las que den Garavito, Uribe Noguera, Popeye, Arrieta o Pelayo. Todas estas justificaciones son innecesarias porque provienen de la mentalidad monstruosa de creer a los que las escuchan inocente e ilusos.

Al final, mi exhortación es la necesidad de siempre validar solo los hechos. Es por eso que debemos ver lo que sucede y hacer oídos sordos a justificaciones pobres de honestidad. No hay nada más absurdo que ver como se perdona o acepta el acto por la justificación que se da del mismo, pues, sin saberlo nos estamos volviendo una sociedad cruel, permisiva,  e incapaz de controlar los pequeños reinos inventados por gamonales individualistas que se disfrazan de amor a la patria. Si la realidad se basara en los actos, la mayoría de los convictos de “La Tramacua” son más honestos que los políticos que nos gobiernan.  

domingo, 28 de octubre de 2018

LAS METÁFORAS DE LA REALIDAD


LAS METÁFORAS DE LA REALIDAD
Por: Carlos J. Gutiérrez

En muchos casos gustamos de vivir de la parsimonia, vivir de las respuestas fáciles, de decir “eso es así y ya”, levantamos los hombros, movemos las cabeza hacia un lado, levantamos las cejas, apretamos los labios y mostramos nuestras palmas como diciendo “suele pasar”.  Así, cómodamente nos evadimos ya sin necesidad de inventarnos paraísos artificiales como los del siglo XIX. Lo hacemos porque preferimos evitar las preocupaciones que hacen de nuestra vida un martirio, una cruz a cuestas o nos hace caminar en la cuerda floja mientras sufrimos de vértigo. Las respuestas fáciles son mejores, porque nos llevan al chiste, al absurdo, a la respuesta literal en la que afirmamos cómodamente que todos los hombres hacen estupideces. Pero, de lo que no nos damos cuenta, es que a veces tomar la vida tan literal nos impide descubrir que detrás de cada absurdo se devela una metáfora de la realidad en la que vivimos.

Desde hace muchos años los memes, las frases contextualizadas o descontextualizadas han nutrido nuestro humor local de una manera sorprendente, y si hay algo que tiene el chiste es que utiliza la realidad hiperbolizándola para mostrarla absurda. El problema, ya no necesita utilizar la hipérbole como recurso retórico porque este ya se encuentra en los actos de las figuras públicas y tal vez por eso es que los programas de humor ya no tienen tanta gracia como antes. Para qué ver Sábados felices si tenemos los tweets de los congresistas y los senadores, para qué ver comediantes de la noche si ya tenemos los nombramientos del presidente, para qué un programa mañanero de humor si podemos poner alguna emisora y escuchar a los políticos tocar la guitarra, cantar vallenato o tomarse fotos y grabarse cabeceando un balón. Para que el humor si tenemos la política.

Pero más allá de esto, debemos darnos cuenta que lo que estamos viviendo no es simplemente los chistes sueltos de las figuras públicas sino una metáfora de la paupérrima realidad en la que vivimos. Ya una vez lo dijo Eco, y lamento profundamente nombrarlo ya que se está volviendo un cliché, los medios digitales le dieron voz a una masa de idiotas; lo que no sabíamos es que entre esta masa de idiotas estaban los políticos que manejan nuestro país. Y en esto, debemos advertir que cuando una figura pública hace algo (un chiste) representativo, este toma dimensiones simbólicas a gran escala, así como cuando en la edad media los cantares de gesta representaban los valores de un país para que gracias a un héroe todo un estado adquiriera un comportamiento determinado. Tan grande es la influencia de estas figuras y sus actos (estupideces) que no nos damos cuenta que de manera simbólica están representando lo que somos como país.

Todo esto lo digo porque no dejo de pensar que el hecho de que Peñalosa se hubiera perdido en los cerros orientales no es más que la más perfecta representación de lo poco que conocemos el territorio que queremos transformar a la fuerza. No dejo de pensar en el video de Duque dándole cabezazos a un balón de futbol como la mejor imagen del colombiano que prefiere ver un partido, asistir a uno o jugarlo en vez de realizar un trabajo productivo e influyente. No dejo de pensar en el nombramiento de Ubeimar Delgado como embajador de Suecia así no hable inglés como un símbolo del arribismo colombiano en el cuál se demuestra la necesidad de mostrarnos como algo más de lo que no somos o saber lo que somos y desde esa poca distancia creernos superiores a los otros.  Al final, pareciera que todo es un mal chiste. Una broma. Un adelanto al día de los inocentes, una forma de crear un año de solo bromas y jugadas que se reducen a un circo de payasos hilarantes más crueles que los que hostigaban a Dumbo, más crueles que Wayne Gacy quien disfrazado de payaso torturaba física y mentalmente. Aunque no, no es todo esto, es simplemente la realidad representada desde los memes, los tweets y las noticias.

domingo, 14 de octubre de 2018

EL HAMBRE Y LA SED


EL HAMBRE Y LA SED

Por: Carlos J. Gutiérrez.

Una manifestación es un grito, es un rio en el cual miles de cabezas gritan a una sola voz su impotente necesidad de cambio. Y los espectadores, el público y los ignorantes, nos convertimos en poco más que un objeto de sumisión que en silencio está de acuerdo con “lo que no se hace”. La parte importante de una marcha no es la temática, pues es algo que todos conocemos; no es los indignados porque para la voz popular son los mimos de siempre; no es importante tampoco el gobierno porque ellos siempre dicen las mismas palabras que los manifestantes no creen y que en la mente, en ese subconsciente negro que todo gobierno tiene y que también aplica, siguen siendo maestros de mentiras y falsas esperanzas. No, ellos no son importantes, los importantes somos nosotros, los espectadores, los que vemos desde los medios los pasos de los indignados, de los humillados y los ofendidos.

¿Qué nos hace ser simples espectadores de los problemas que nuestro país mantiene? Las excusas son una larga lista a decir verdad. Hay quienes dicen que su trabajo no se lo permite porque cumplen un horario y les afecta mas no ir a trabajar que solucionar los problemas con una marcha. Hay quienes dicen que no asisten porque el sentido de la marcha es inútil, es contradictorio y en sí misma, no significa el método más efectivo para cambiar las cosas o los problemas. Hay quienes afirmarían en voz baja que la marcha simplemente es una estrategia política de los contradictores y que a pesar de que están de acuerdo con lo que denuncian, su voto se los prohíbe. Y hay quienes afirmar que apoyan la protesta porque es algo políticamente correcto pero que no les interesa en lo más mínimo.

Los espectadores no tienen nada que perder ni nada que ganar en una protesta, no lo tienen porque para eso tendrían que vivir con sed y hambre; algo, que en la capital no se da comúnmente. Esa es tal vez la peor parte de toda esta situación. Las marchas en Colombia suelen darse en muchos lugares, pero entre más apartadas de la capital menos posibles será que los escuchen, por eso, deben moverse de cualquier forma a Bogotá para que los oídos que los deben escuchar estén más cerca. Pero venir aquí es venir a un lugar donde la sed por falta de agua potable o por falta de una buena administración (aunque aquí no podemos hablar de una buena administración tampoco) y el hambre por el dinero que se pierde, por la falta de oportunidades o porque simplemente los gamonales, caudillos y tiranos regionales los someten no parece impactar. Porque, diciendo la verdad, Bogotá se ha convertido históricamente en un palco desde el cual se ven los problemas sociales, se siente lastima, se dice “pobres gentes”, se llora por lo que sucede pero al final del día solo se da una palmada en la espalda y se sigue el camino.

Por todo eso es que los espectadores, los que miramos como la gente se moviliza por una situación, somos la peor parte o el peor problema que la sociedad colombiana tiene. Porque ser espectador es ser un simple descriptor de una sociedad donde no queremos vivir pero nos aguantamos. Ser espectadores es ser otra parte más que gusta de invisibilizar al pobre, al desahuciado, al que no tiene nada y no logra tenerlo. Como espectadores, a pesar de que no lo tenemos, tampoco lo queremos, porque querer significa luchar, y en esta tierra cucañera la lucha simplemente es lo que para un estudiante es asistir al colegio: una inutilidad. Un espectáculo sin público no es espectáculo, y al público le gusta celebrar las victorias, les gusta estar del lado del más popular, del famoso, del poderoso, no le gusta perder. Y en toda marcha, el gobierno y sus “dirigentes” son la bonanza y satisfacción en cambio los protestantes son “el hambre y la sed”. ¿Creen que alguien quiere realmente aguantar hambre y no tener que beber?