domingo, 11 de febrero de 2018

TRES DE LOS PEORES DEFECTOS

TRES DE LOS PEORES DEFECTOS

Por: Carlos J. Gutiérrez.

El deseo, la insatisfacción y la impotencia son tres monstruos que andan de la mano. Son los dioses vengadores del siglo XXI y del anterior; atormentan a los hombres a partir de la venta de productos que jamás poseerán una importancia vital. Hay que tener en cuenta que así es el mundo de hoy en día, llevado por lo inmediato, por lo instantáneo o porque lo que tiene poco valor en la trascendencia. Aun así, todo eso para nosotros es una tendencia. Por eso, al ver que todo el mundo lo ve, lo adora y lo admira, nosotros como arrogantes demonios lo deseamos al punto de querer obtenerlo.

Deseando lo que no tenemos es lo que nos ha hecho cometer los más grandes errores en la historia de la humanidad. Desde la muerte de Abel, pasando por David, las mujeres que estuvieron en el tribunal de Salomón, Salomé, el mito de lucifer, Pandora, Agamenón y todo mito que en algún momento nos haya mostrado que el ser humano cae bajo el sino trágico del deseo no satisfecho. No sé en realidad que pasa por nuestro cerebro cuando vemos algo que nos hace desearlo inmediatamente. No lo sé, pero es tan fuerte, es tan impresionante la potencia que tiene que nos lleva a pensar todos los días en aquello y sin darnos cuenta, empezamos a caminar por la cuerda floja de la locura.

Si lo pensamos bien, los objetos son planos. En su esencia son insignificantes, en su particularidad no tienen ningún valor. Ni siquiera monetario, ya que el mismo dinero es un papel al que le dimos valor pero que en el fondo no existe. No obstante el mayor de los problemas con relación de los objetos es su uso, el tener que usarlos, así sea por un momento. Siempre que alguien usa un celular, un computador, una máquina, un traje o cualquier objeto que nosotros mismos, jalados por sus usos queremos utilizar; el deseo se presenta como perro hambriento para llenarnos las cabeza de millones de imágenes donde como un espejo milagroso nos vemos usando el objeto que no tenemos. Ahí es cuando nos damos cuenta que deseamos aquello que no poseemos.

Al no poseer, al no lograr obtener lo que deseamos, surge la insatisfacción. Amargados o melancólicos como el cuadro de Durero, miramos a lo lejos el objeto deseado, la amargura llena nuestro propio instinto de cazador, lo que por lógica locura nos hace imaginar no solo utilizar el objeto sino las formas o las mejores condiciones en las que se puede obtener. Pero cómo sucede esto, cómo sucede el hecho de no tener lo que se desea, cómo calmar las ansias de tener frente a mí, mirarlo, sentirlo, obtener su aroma o su sabor. No lo sabemos hasta después de que nos presentemos ante la famosa frase Rotterdam “Entre dos males, siempre el menor” ¿Cuál es el menor de mis males? ¿Tomar por cualquier forma el objeto deseado o dejar a un lado la tentación y no satisfacer mi deseo?

Si escogiste la primera de las opciones te conviertes en el peor de los males sociales, te conviertes en una mente criminal que desea lo cercano y después desea lo que paso a paso se le va poniendo en el camino. Así como Buffalo Bill en “el silencio de los corderos”, así como el mismo Hannibal deseando a Clarice, así como el mismo Garavito, como Uribe Noguera, o como los políticos o los partidos que en sus ansias de poder y dinero se corrompen, se degeneran al punto de cometen los crímenes para después negarlos o comentar que “sucedió a sus espaldas”. Quienes escogen la segunda opción entran en el estado de insatisfacción insana en la cual, lo único que les toca esperar es el consuelo de que algún día, por alguna razón, el deseo desaparecerá.


Al fin de todo, descubrimos que nuestra mayor capacidad, la mayor que poseen los que son capaces de soportar su insatisfacción es conocer su propia impotencia. Logran saber con hermética confianza que a pesar de desear el mundo, no tienen los medios o no es el momento para tenerlo. Así viven su vida llena de recuerdo de lo que se quiso hacer, de lo que se pudo hacer, de lo que no se logró. Pero también son capaces de comprender, que si los objetos no se obtienen es por la simple unificación de las circunstancias que nos rodean. Por tal motivo, el mundo logra permanecer un poco en paz, y son pocos los que terminan caminando por la cuerda floja de obtener a cualquier precio su objeto deseado, y esa lucha por obtenerlo, algún día, en algún momento o en algún lugar los llevará a pagar por sus crímenes.  

martes, 16 de enero de 2018

TITIVILLUS O EL MAL QUE SE CONTAGIA

TITIVILLUS O EL MAL QUE SE CONTAGIA

Por: Carlos J. Gutiérrez.

Hubo, según cuentan los libros, un tiempo en el que todo mal del hombre era adjudicado a un demonio. La pereza, la codicia, la envidia, la arrogancia, la mentira, el robo y el crimen eran justificados en la medida que se encontraba poseso el implicado al momento de realizar el acto. Y si existía un demonio para todo eso, obviamente lo iba a existir para la mala redacción, la mala ortografía y la incoherencia. Es obvio que exista, pues, en esa época, los únicos que escribían eran el  clero y la clase acomodada, así que necesitaban una justificación para sus faltas. Al parecer hoy en día este pequeño espíritu burlón denominado Titivillus sigue existiendo entre esa clase acomodada.

Tal vez se haya extendido más allá de Europa asentándose, al parecer, en nuestra querida Colombia, teniendo claro está, una sucursal en la Casa Blanca y en el palacio de Miraflores. Cómo mas se explicaría lo que está sucediendo hoy en día con esos políticos que son a su vez una forma de clero y de clase acomodada. No se puede explicar de otra forma, sufren una posesión inminente cuando se encuentran frente a twitter o Facebook desde las cuales, como pergaminos postmodernos, firma en piedra sus comentarios engañosos, venenosos y llenos de falacias. Imaginémonos por un momento la posesión de un político, sería algo así: Oh! Titivillus que has sabidos realizar un trabajo a las mil maravillas, ven a mí, apiádate de mi alma, entra como quien es un invitado a la casa de la memoria, entra como un rey y toma poder sobre estas manos twitteras ansiosas de malas palabras.

Imaginemos a los pobres políticos, dormidos, débiles, sin la capacidad de reaccionar rápidamente sentir como ese espíritu que desde el techo los mira, va bajando poco a poco para entrar en el cuerpo y al momento de despertar, este pobre ser, tenga la capacidad de escribir: “la tal masacre de las bananeras no existe”, el tal paro campesino no existe”, “los jóvenes de Soacha eran criminales” o “nos volveremos castro-chavistas”. Todo esto bajo el influjo de Titivillus que sonriente dirige la mano de los incautos para que jueguen con las palabras como jugando con los desechos de un perro: “El derecho no tiene que ver nada con la ética”.

Como vemos, hoy en día no solo es el error ortográfico, sino el semántico el que está perpetuando el error, incluso en su fase pragmática Titivillus empezó a ejercer poderosa influencia, pues, ya no solo ataca la escritura, también empezó a atacar el habla, ya que, lo que se dice también contiene un error. Si no es convincente la información, recordemos que hace poco desde la casa blanca el pequeño demonio le hizo decir a Trump que muchos países somos o son “un país de mierda”. En este mundo de grandes tecnologías la palabra vuelve a adquirir el poder que tenía en la antiguedad, tal vez sea necesario empezar a recalcar esto, repetir una y otra vez el error cometido por el político para que adquiera consciencia y despierte a los que, dormidos, este año van a votar.

No sabemos realmente porque los políticos, piensan, dicen y escriben lo que escriben, no hay explicación científica sobre sus actos. No hay ni siquiera una explicación moralmente correcta para determinar si sufren de alguna posesión que los hace imbéciles o si simplemente en su afán de calar en la mente de los votantes y jugando a la provocación gustan de decir las barbaridades que dicen. En el fondo, deberíamos de sentarnos a rezar por el alma del pobre político que dormido como permanece queda débil ante la influencia de tal demonio, recemos señoras y señores, recemos.


Aunque no deberíamos decirnos mentiras. Sabemos –porque lo sabemos y no queremos actuar- que no podemos echarle la culpa a una falsa posesión sobre las malas palabras que escriben y dicen los políticos. Sabemos que ellos lo hacen de la forma más consciente, sabemos que sus ojos están despiertos, sus manos muy atentas y sus sonrisa bien abierta. Sabemos, en conclusión, que incluso nosotros con nuestra desmemoria somos los causantes de la mala mirada con la que se llenan los discursos contemporáneos, pues ahora, por nuestra mala memoria, los políticos se han vuelto tan cínicos que no les importa gritar a los cuatro vientos sus enfermas incoherencias.

martes, 9 de enero de 2018

COLOMBIA O LA MEDIDA DE LA FELICIDAD

COLOMBIA O LA MEDIDA DE LA FELICIDAD

Por: Carlos J. Gutiérrez.

Cuando se hacen los informes sobre los países más dichosos del mundo –que no se entiende a que se debe eso, pues, no se comprende si implica que a partir del informe los gobiernos de los diferentes países deben generar propuestas para ver más sonrisas en sus ciudadanos- sabemos de sobra que Colombia ya ocupa un lugar privilegiado. Siempre aparece en primer o en segundo lugar como este año, comprendiendo así, que está generando unos altos estándares de calidad en la felicidad de sus ciudadanos. Nos hace pensar por un momento que la medida no es la felicidad en sí, sino mas bien, qué nivel de felicidad tienen los demás países con respecto a Colombia. Es eso, o la verdad el ser felices no nos da un verdadero reconocimiento.

Al parecer somos dichosos, dichosos como los cerdos en el fango, como un niño en una dulcería, como una religiosa en su iglesia. Pero, basta ver el titular con que se celebra tal acontecimiento para notar que no se entiende realmente si lo que dice es verdad. Nos vemos con la ilusión de la constante algarabía por los logros nacionales y personales, celebrándolos todos los días haciendo que olvidemos los males que nos aquejan. Así parece, pero también parece que somos dichosos por las noticias que vemos, lo que puede comprobar que nuestra dicha es directamente proporcional a la violencia, la corrupción, la politiquería, la mermelada, las mentiras o los desmanes que vemos a diario.

Todo esto, porque aquí todos sonreímos sin que nadie sea capaz de hacerlo mejor que nosotros. Nos gusta permanecer en los primeros lugares de esta fantasmal competencia, ser por fin, desde cualquier punto de vista, una potencia mundial en algo ¿En qué? Ni idea, pero lo somos. Si somos lo suficiente capaces para saber porque somos tan felices en el fango, tal vez nos podemos referir a factores que en el fondo y para la banalidad de esta sociedad, no son realmente importante. Uno de los factores, el más importante, es la desmemoria, la amnesia constante que como enfermedad crónica nos invade de las formas más creativas. Puede que este sea nuestro mejor mensaje para los competidores de todo el mundo, puede que con esto, podamos decir a los demás países que nos emulen y nos sigan.

Porqué no. Hagámoslo, seamos orgullosos de ser los más felices sin saber porqué realmente lo somos. Vendamos la pastilla de la amnesia que tanto sabemos degustar y gritemos a todo lado nuestra formula monumental. Señoras y señores, países de todo el mundo ¿quieren ser felices? Usted, que es de Alemania, quiere ser feliz, pues olvide que alguna vez peleó con el mundo dos veces y que en una de ella tuvo por gobernante al artista de brocha gorda que casi acaba con el mundo. Usted, japonés, olvide que le destruyeron dos ciudades con sendas bombas cuyas secuelas aún se conocen, ustedes rusos, chilenos y argentinos, olviden que tuvieron dictadores que borraron de la faz de la tierra y de la memoria a varios desaparecidos. Sonría con la pastilla querido venezolano, sonría olvidando que puso en el poder a un hombre que al morir dejo de reemplazo a un imitador que los lleva directo al abismo.


En fin, seamos felices mundo entero, porque al fin de cuentas la miseria del mundo se puede acabar. Para qué competir en algo en que todos deberíamos de ser expertos, nosotros, todos los años, lloramos de la felicidad al ver como la corrupción nos engaña en la cara. Sabe que se sale con la suya y no importa que se haga, no importa que se luche; porque ahí está, pintada como un viejo gordo, calvo, de gafas negras con traje, de corbata, quien con un periódico en la mano ríe a carcajadas mandándose hacia atrás con su silla de cuero; cayendo y riendo sin parar, dando vueltas y llorando de la dicha por guardarse lo que nadie podrá jamás palpar.

jueves, 4 de enero de 2018

UN TRISTE PARAÍSO SIN MEMORIA

UN TRISTE PARAÍSO SIN MEMORIA

Por: Carlos J. Gutiérrez.

Al parecer nuestra puerta del infierno decía la verdad. No nos ha pasado como a Dante que entrando vivo termino en el paraíso contemplando la divinidad al lado de su tres veces amada Beatriz. Y tal vez pasa esto porque nosotros no estamos vivos. Somos mas bien un pueblo muerto cuyas almas rotas, desgarradas, y hechas añicos por el desgaste del camino que dé lo largo, tortuoso y espinoso nos ha hecho perder la memoria de nuestro pasado. Somos almas amnésicas que sin saber por terminamos en este valle de lágrimas lo andamos tambaleándonos de un lado a otro, no como un péndulo con su vaivén medido, calculado y perfecto, sino aleatorio, yendo de aquí para allá pensando que hay hilos que desde arriba nos van llevando.

¿Pero eso debería ser así? ¿Debería ser así la vida?, como si no importara nada de lo que en realidad pasa, como si tuviera más conciencia un perro abandonado de su triste condición que nosotros jalados por una maquinaria antiquísima que nos ha convertido en verdaderos borregos de los cuales unos se dejan para crianza y otros para el matadero. Lo triste de todo esto es escribir lo que cientos de miles de personas están pensando y no hacer nada en lo absoluto. No se hace nada porque no lo hemos hecho, desde hace mucho, desde el momento en que perdimos la memoria y empezamos a creer que un tamal, una lechona, un baile, un partido, un paseo o un festivo nos mantienen la ilusión de la felicidad.

Si, la felicidad se ha convertido en nuestra droga, en nuestro edema, nuestro placebo con el cual creamos fantasías milenarias donde todo anda bien, donde los males le llegan a los otros. Porque así siempre lo hemos pensado. La guerra no está en Bogotá, la guerra está en otros pueblos alejados; la violencia y el sicariato son problemas de los paisas y los caleños; la corrupción solo es en la costa; la droga solo está en el Bronx, acabémoslo y acabamos el problema; la pobreza y el bandalismos solo están en la localidades periféricas; los políticos son los corruptos, ellos son los únicos que se roban la plata; la historia hay que revisarla al punto de acabar con los mitos macondianos que tanto han hecho daño. Y todo eso, mientras que no suceda en el patio de mi casa no me corresponde.

Y a pesar de saber todos esto, seguimos así. Seguimos como fantasmas apuntillados, ajusticiados por centauros amenazantes llenos de ira, ensordecidos por el canto de sirenas que bajo el agua esconde su veneno, amenazados por arpías que con sus garras llegan a lo más profundo del corazón apretándolo fuerte para hacernos decir que nada pasa, que todo está bien. Leer los periódicos es leer el infierno de la Divina Comedia, con todo y sus regentes. Seguimos regidos por un centauro milenario que hambriento e insaciable pide cada año su cuota de muertes violentas y cada cuatro años pide el sacrificio de una masa de votantes.


Vivir la viva aquí, a veces, sin olvidar lo hermoso que nos haya pasado, es nuestro mundo dantesco en el cual, o merecemos estar condenados por los mismo aportes que damos a sus regentes, apoyándolos, convirtiéndolos en sacerdotes de la nueva fe, validando sus mentiras y haciéndolas frases inolvidables o estamos condenados porque no sabemos cómo salir de este miserable laberinto. No lo sabemos, la mitad de nosotros señala que es lo primero, que lo merecemos por pura macula del pasado, la otra mitad señala que a pesar de querer pareciera que no podemos salir. Pero al final, sin un acuerdo, solo podemos afirmar que mientras no salgamos seguiremos siendo esa masa fantasmal sin memoria que camina por el valle de las sombras creyendo que es un triste paraíso sin memoria.

martes, 26 de diciembre de 2017

YO OLVIDO EL AÑO VIEJO

YO OLVIDO EL AÑO VIEJO
Por: Carlos J. Gutiérrez.

Los doce meses se pasan con una veloz mirada que nadie recuerda, no lo recuerda porque al fin de cuentas estamos en la época de la inmediatez. Por esta razón es que el tiempo que va a su propio tempo no es suficiente para nadie, es corto para nosotros, que lo inventamos, y solemos decir: “no tengo tiempo”, “se me acabaron los minutos”, “ni el día teniendo 30 horas me alcanzaría” y muchas otras mas excusas para demostrar falsamente que corremos más rápido que la tierra. Tal vez ese sea el problema, caemos en la arrogancia humana en la que nos creemos más importante que la tierra y terminamos diciendo que la tierra no viaja a la velocidad que viajamos nosotros, no se cultiva rápido, no produce con la utilidad suficiente y por tal motivo es necesario modificarla.

Lo bueno, según todos, es que llega el tiempo de finalizar, el tiempo que cuadramos con nombre romano y decimos que lo hecho, hecho esta. Así que ponemos nuestro espejo retrovisor y desde todos los medios nos dicen lo mejor y lo peor del año, incluso con burla, con sarcasmo, con ironía. Celebramos un fin de año, pero ¿Qué celebramos en realidad? ¿De qué habría de alegrarse en estos tiempos veloces? Tal vez que la selección clasificó al mundial con algo de fortuna y sufrimiento a la colombiana y con fallas a la colombiana como un trato por debajo de las manos o celebramos que paso un año de la firma del acuerdo de paz sin que se supiera en buena forma cómo va a funcionar la sociedad con el ingreso de los exguerrilleros a la sociedad civil, con las mentiras las cizañas y las objeciones que se le han hecho desde el momento en que se sentaron. Porque al fin de cuentas, los colombianos todavía deseamos la guerra.

Celebramos que Urán tuvo un buen año en las competencias ciclísticas y nos dejó a todos de nuevo con la esperanza que el deporte saca lo mejor de nosotros ya que por logros como estos debemos sentirnos orgullosos al punto de pensar que desde esta perspectiva es que deberíamos construir nuestra identidad nacional. O más bien celebramos que como siempre, el gobierno le da la espalda a esos proyectos que realmente hacen crecer al país, les quita la participación para decidir no entregarle más dinero si no antes bien, bajarle. Celebramos que la tasa de homicidios bajó pero que aun así se registran casos como el de un expolicía que es capaz de violar y matar trayendo - cual historia de lobo feroz- con mentiras a una joven que nada de culpa tiene que existan hombres como él. Celebramos que al parecer todos sabemos aportar al mundo con logros pero nadie es capaz de reconocerlo como se debe.

Pero mejor celebremos que para diferentes medios el Fiscal general de la nación fue catalogado como el personaje del año, no se sabe porque, pues fue la figura pública más reconocida en cada uno de los escándalos que la nación vivió. O más bien celebremos que el fantasma de este año no fue el terrorismo y la violencia si no la corrupción, tal vez las dos cosas tengan que ver, pues, falto un acuerdo de paz y otro que va en un fracasado curso para ver que uno de los mayores males del país nos es la guerra si no la corrupción y que esta, es tal vez la que genera los conflictos. Celebremos, igual celebremos porque el mundo en los múltiples apocalipsis que le saben sacar y las múltiples conspiraciones que le buscan montar sabe y descubre que el hombre está cansado de vivir en estas tierras.

Al fin de cuentas, el año viejo me dejo una chiva, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra. Y hay que reírse de lo que paso, porque si estos 365 días que se mueren el próximo domingo fueron un espectáculo de mentiras, insultos y vanas realidades, los próximos 365 serán del doble de lo anterior. Porque al fin de cuentas, viene el año de la máscara de borrego, vienen los meses en que el lobo, como en la caricatura de Vladdo, nos sonríe, nos mira desde la oscuridad, nos trata como su amigo, como su par, nos habla con voz calmada diciéndonos que estaremos bien, que la prosperidad es para todos, que la corrupción se acabará así como se acabó la guerra, que dejaremos de ver a los toros morir en el ruedo, que se acabarán los infanticidios y los feminicidios que son crimines que siempre han existido pero debido a su crudeza es mejor darles una categoría. Mejor dicho, que se acabará hasta Colombia.

Y si, se acabó este año, pero espero que a usted, a su familia, a sus amigos, a sus vecinos y a todos los desconocidos que pueblan este paraíso tropical les haya ido de la mejor manera.


martes, 19 de diciembre de 2017

CUANDO EL SUBCONSCIENTE NOS DELATA

CUANDO EL SUBCONSCIENTE NOS DELATA

Por: Carlos J. Gutiérrez.

Es contundente, es directa, grosera, sarcástica, irónica y salvaje. Esa valla es la mejor representación de como nuestro subconsciente colectivo es más fuerte que las mentiras que nos comemos. Y es que así es el, así le gusta comportarse, se burla directamente de nosotros sin mostrar ninguna piedad, diciéndonos: ahí está, esta es tu verdad, ninguna otra. Cuando las diferentes redes sociales mostraron la imagen de una valla del centro democrático en la que la figura de Uribe es imposible de esconder, donde el eslogan “es confianza” contrasta con el poste metálico que la sostiene atravesando (casi un empalamiento simbólico) la cabeza grafiteada de Heriberto de la calle que con ojos expresivos y boca hacia abajo nos enseña nuestra cara diaria.

La persona que tomo esa imagen se encontraba en el punto perfecto, porque desde otro punto tal imagen no podría verse bien. De cerca se mira solo a Garzón, siempre atento a la realidad del país, diciéndonos con su cara lo decepcionado que está, y luego, al mirar hacia arriba vemos la valla. Pero al verlas separadas, casi nadie daría cuenta de la relación estrecha que tienen ambos objetos. Nadie se daría cuenta que la sátira aplastante era al mismo tiempo aplastada por una ultraderecha clavada, como el poste, en las instituciones gubernamentales con ese deseo de ser inamovibles, como el poste que colocaron.

Es que ese rostro de tristeza y a la vez desesperanza, ese rostro que está pasando saliva siente como nadie la verdad detrás de ese eslogan. Porque así se engaña hoy en día en la política. Las frases bonitas disfrazan a lobos hambrientos cegados por la codicia y deseosos de más poder, porque no es que no lo tengan, lo tienen, lo han mantenido por siglos, pero lo quieren seguir manteniendo. Por eso sus delfines están en preparación. Ahí está la confianza, es la confianza de la continuidad en el poder, es la confianza de la arrogancia al saber que engañando a los incautos podrá confundir y reinar mientras otros se matan. La confianza del eslogan no es la mejor de todas, es, tal vez la sentencia que refleja el rostro de Garzón. Es como la madres que cuando se enteran por terceros que uno hace algún daño, simplemente, evitando la vergüenza, nos mira fijamente, nos sonríe y continua hablando; pero uno sabe que esa calma al recibir la noticia es falsa, porque sabemos lo que nos correrá pierna arriba cuando lleguemos a la casa.

Eso por un lado. Por el otro, Garzón (la muerte de Garzón) que con el tiempo se ha convertido en el símbolo del olvido, la desmemoria, la injusticia y el triunfo de la corrupción moral de la sociedad colombiana en esta imagen vuelve a actuar desde las catatumbas fantasmagóricas para develarnos nuestra realidad. Nos saca de nuestros más profundos temores la pesadilla que estamos viviendo y nos la lanza en la cara para que despertemos de la ilusión. Ya sea para recordarnos que llevamos 18 años escondiendo la idea que el gobierno o los poderes de la ultraderecha (sin decir que es el partido o los partidarios del centro democrático) tuvieron que ver con su muerte o para recordarnos que preferimos taparnos los ojos para no creer que nos seguimos vendiendo a los mismos, con las mismas palabras, con las mismas mentiras y la misma forma de robar. Porque la justicia no es cíclica, pero la corrupción si, cuando unos se van otros llegan a hacer el mismo trabajo.


En fin, después de todo en Colombia todo puede pasar. Y así como esta imagen surgió en las redes sociales, pronto será reemplazada por otras que la ocultaran al final del basurero. Así como Garzón todo los años sale a la luz porque su investigación sigue sin solución, así con esa misma desfachatez, el ministro de defensa dice que las muertes que han sucedido a lo largo de este año son por cualquier lio, menos por cuestiones políticas, y el hecho que tengan en común que hayan sido líderes sociales no es problema del estado. Así, seguimos ocultando nuestros mayores problemas al final de nuestra consciencia. Pero algo seguro si es, y es que algún día, en algún momento volverán a recordárnoslo y ese día cuando creamos que si es importante recordárnoslo no seremos capaces de arreglar nuestros problemas. Si es que ya no lo somos.

martes, 12 de diciembre de 2017

SORPRENDERSE CON LO OBVIO

SORPRENDERSE CON LO OBVIO

Por: Carlos J. Gutiérrez.

Al parecer nos vivimos sorprendiendo de los obvio. Como sorprenderse porque, a pesar de todas las medidas, siguen existiendo los llamados quemados. Y estos siguen siendo en muchos casos los niños, pues, padres o familiares de corta mirada continúan creyendo que están habilitados para lanzar un volador, prender una chispita o mirar muy de cerca un volcán. El día de velitas, mientras esperaba en un largo trancón, veía como una madre le pasaba a su hija no mayor de cuatro años una chispita, y si, no es que sea un gran caso, pero ahí es donde uno puede sentarse a pensar para preguntarse si ya han sido vacunados contra la idiotez. Pero aun así nos seguimos sorprendiendo.

Nos sorprendemos cuando se negaron las curules de las víctimas de la paz. Dando justificaciones que no deberían ser necesarias y cerrando los debates por el simple hecho de que no hay porque preocuparse, y el gobierno luchando contracorriente por darle algo de voz a los olvidados parece evitar creer que realmente nadie está preocupado por mantener la paz. Pero nadie lo está, porque los que tienen poder realmente quieren mantener su estatus y los que no lo tienen solo son manejados por los medios a partir de etiquetas clásicas que solo sirven para mantener la división que no le conviene sino a unos pocos. Porque somos muchos los que todavía deseamos un país en conflicto sin saber que significa estar en el centro de él. Pero aun así nos sorprendemos.

Nos sorprendemos cuando los medios nos lanzan noticias con gras fastuosidad sobre el lanzamiento de candidaturas que todos sabíamos y que ya anteriormente otros grupos ya habían pronunciado y firmado en piedra. Nos sorprendemos porque nos quieren montar de manera cínica que la democracia funciona en un país de apellidos caudillistas perpetuados en una silla donde es imposible sentarse dignamente porque saben que tienen una cruz a cuestas o un rabo de paja que en algún momento los va a delatar. Pero nos sorprendemos porque la espera hace que abramos los ojos ante la respuesta-no-esperada.

Nos sorprendemos cuando los medios nos dan a los personajes del año, y al que colocan es la estatua digna de la corrupción. Pues su incapacidad para actuar también es una forma de corromper el poder, y lo ponen sin sentarse porque también tiene rabo de paja y no lo sostiene. Pero es que la pelea estaba cazada entre dos animales, uno desde los aires, blanco algo esperanzador, el otro, no desde las cloacas, sino desde las dignas sillas cuya cola arrastra toda la peste que trajo. Y este ganó. Incluso nos demostró que ya desde la colonia éramos corruptos, porque lo hemos naturalizado. Nos lo hemos creído, somos corruptos desde pequeños, desde tiempos pasados, ya que, mientras no nos descubran lo seguiremos haciendo. Pero aun así nos sorprendemos.

Nos seguimos sorprendiendo por los comentarios “descabellados” de los políticos. Sobre todo cuando buscan redefinir la historia, cuando buscan a partir de pactos bajo la mesa eliminar el pasado trágico donde el poder sabe golpear con fuerza al desahuciado. La parafernalia que se monta toca a todas las partes, porque el pueblo ha olvidado, porque ya no se estudia la historia, porque no se pide justicia, porque nos hemos enseñado a celebrar a la oveja negra asesinada pero no buscamos respuesta ni exigimos aclaraciones concretas. Por todo lo anterior, es que los que llevan empotrados cien años como solitarios en una silla carcomida por las ratas se toman el derecho de revisar la historia borrando los actos que consideran ellos errores o mitos de cabezas fabuladoras. Aun así nos seguimos sorprendiendo.

Pero la mayor de las sorpresas es cuando abrimos los ojos al ver los bombos y platillo al escuchar que el patriarca de un partido ha por fin designado su huevito para llegar a la silla del cóndor. Es la plena miseria democrática, que bajo el estandarte de la encuesta de partido dijo que el ganador había sido el obvio, el nombre que había sonado desde hace tres años y nos sorprendemos cuando a sus otros huevitos le dice que no, cuando los demás sabían que solo estaban de nombre, por cumplir un formato, por considerarse importantes participes de un juego donde solo el poder lo tiene uno. Es tan grade ese profeta, ese patriarca, ese designado por Dios que hasta sus discípulos se niegan a contradecirlo aun cuando no tiene la razón. Pero aun así nos sorprendemos.

Así vivimos todos. De sorpresa en sorpresa, creemos todos que la democracia funciona, que los medios cumplen con su papel de manera crítica. Olvidamos que estamos en la sociedad del espectáculo, donde todo es montado con el fin de generar expectativa, pero cada uno de los actos, cada uno de los hechos, cada información, cada palabra, cada frase, cada imagen es medida a la perfección. No importa que con anterioridad lo supiéramos, no importa que en las calles escuchemos a muchos decir “y lo triste es que va a quedar presidente”, eso no importa, porque los medios nos saben montar de la mejor forma que otros pueden ganar. Todo lo hacen con miras de que al final, en el 2018, luego de la jornada de votaciones, los mismos medios puedan decir falsamente que contra todos los pronósticos y con un partido lleno de investigaciones por corrupción, el nuevo presidente es: Vargas Lleras. Y nosotros, para no perder la tradición, nos sorprenderemos con lo obvio.